Esta abarca el período entre los 10 a 19 años de edad y se caracteriza por diversos cambios físicos, emocionales y sociales (UNICEF, 2024). Durante este período, es posible observar que algunos jóvenes desarrollan respuestas desadaptativas ante el malestar, tales como la conducta autolesiva no suicida. Estas se pueden entender como un acto intencional donde la persona daña su propio cuerpo de forma directa, lo que implica una lesión del tejido físico y su característica principal es que se realiza sin la voluntad de provocar la muerte (Villaroel, 2013; Valencia et al., 2020). Bajo este escenario, la presente newsletter sostiene que la autolesión no suicida no debe interpretarse como un acto de manipulación o un intento de suicidio, sino como un síntoma de desregulación emocional que exige una mirada sistémica; donde el fortalecimiento de los vínculos familiares y la mitigación de riesgos sociales sean la base para una intervención clínica efectiva.
Las conductas autolesivas que se observan comúnmente son los cortes en extremidades tales como, muñecas, cara interna de los antebrazos, piernas y abdomen que son producidos por objetos punzantes; también pueden consistir en magulladuras y heridas en la piel sin sanar hasta sangrar, quemaduras, introducción de objetos subdérmicos, entre otros (Goodson et al., 2025).
Más allá de la evidencia física de estas lesiones, la literatura sugiere que estas prácticas están profundamente ligadas a emociones desfavorables e intensas junto con una angustia que incrementan el riesgo de suicidio, por lo que, se realiza esta conducta como un mecanismo de alivio o disminución de estas emociones y como una forma de autocastigo o necesidad de refuerzo social positivo; estas conductas suelen iniciar entre los 13 y 14 años aproximadamente, sin embargo, no se ausentan en población general de adolescentes, debido a la tendencia en individuos con alta autocritica y emociones negativas sobre sí mismos (Suárez-Colorado y Camacho-Rodríguez, 2023; Calavia et al., 2023). Por tanto, cuando el adolescente no expresa sus emociones o habla de las cosas que le causan angustia, enojo o molestia, la presión de estas se pueden acumular y volver insoportable para estos. En esos momentos el cuerpo se utiliza para comunicar de forma dañina sus pensamientos y sentimientos que anteriormente no pudieron comprender o elaborar en voz alta con su entorno (UNICEF, 2023).
Cabe recalcar que la conducta autolesiva no suicida es diferente al comportamiento suicida, ya que la conducta suicida incluye la ideación, la planificación, el intento y la consumación del acto, es decir, el suicidio como tal (Alfaro et al., 2021). Por ende, la diferencia entre estos conceptos recae en el hecho de que el primero no tiene la intención o voluntad de cometer suicidio, mientras que la segunda, cuenta con la intención y/o voluntad para quitarse la vida. Esta distinción es vital para el quehacer clínico, ya que una lectura errónea de la intencionalidad del adolescente podría derivar en intervenciones que no aborden la raíz del malestar emocional.
Como factores de riesgos a nivel individual que ayuden a incurrir al adolescente en conductas autolesivas se encuentra poca habilidad comunicativa, impulsividad, respuesta excesiva al estrés, baja autoestima, dificultad a la hora de solucionar problemas, etc. (Calavia et al., 2023).
Como factores de riesgos asociados a estas conductas se pueden identificar los siguientes: factores sociodemográficos, tales como el período de inicio de esta conducta asociado a la edad, el sexo biológico del adolescente, la orientación sexual, la falta de identidad religiosa/espiritual y el nivel socioeconómico; psicológicos, como por ejemplo, estilos de afrontamiento, rasgos de personalidad, creencias, autopercepciones y presencia de trastornos de salud mental; cognitivos, estos interactúan con la angustia psicológica y las estrategias de afrontamiento, debido a que pensamientos repetitivos o centrados en el problema, la visión negativa sobre sí mismo, la dificultad de disfrutar eventos placenteros, la tendencia a autoculparse, y de ira hacia sí mismo se constituyen como causas de las conductas autolesivas no suicidas como una respuesta a situaciones que producen malestar; emocionales, estos se relacionan con la dificultad para regular estados afectivos (desregulación emocional), ya que se llevan a cabo estas conductas como una estrategia para reducir, controlar o escapar de emociones negativas intensas e intolerables para el adolescente; familiares, en esta categoría se encuentran el bajo apoyo dentro de la familia y los conflictos de la misma, la negligencia familiar, el estilo de crianza, la cohesión familiar y el tipo de apego. Lo anterior, se puede explicar ya que el primer círculo de formación de cada ser humano es la familia y en esta se forjan aspectos como la expresión emocional y la seguridad; y sociales, algunos adolescentes comienzan este tipo de prácticas porque su núcleo de amigos se habla sobre estas conductas y se animan entre ellos a participar (Güichá-Duitama y Roncancio, 2024).
Otros factores de riesgo que podrían reforzar estas conductas se encuentran los recursos facilitados por internet como los foros o redes sociales, esto debido a que los adolescentes pueden llegar a sentirse identificados y motivados a ejercer la autoagresión, asimismo, se encuentra el haber sufrido abuso emocional, físico y/o vivenciar eventos estresantes (Güichá-Duitama y Roncancio, 2024).
No obstante, frente a este complejo entramado de vulnerabilidades, la evidencia científica también permite identificar factores protectores que actúan como amortiguadores, en estos factores se destacan aspectos cognitivos como el tener una alta autoestima, el uso estrategias de afrontamiento adecuadas y el optimismo, así como, el uso de técnicas de conciencia plena, el manejar una buena regulación emocional, relaciones positivas dentro del núcleo familiar, el apoyo social, la seguridad escolar y una buena comunicación con pares (Güichá-Duitama y Roncancio, 2024).
Ante la diversidad de factores que predisponen al adolescente a estas conductas, la evidencia científica propone diversos modelos de intervención para mitigar el malestar. Al respecto, U of U Health (2022) señala que los tratamientos recomendados para abordar los factores desencadenantes, los patrones de pensamiento negativos y aprender habilidades de afrontamiento positivas incluyen la terapia dialéctica conductual, la terapia familiar, la terapia cognitivo conductual, la terapia psicodinámica, la terapia de grupo y la terapia individual.
Partiendo de este abanico de posibilidades, resulta fundamental profundizar en cómo se operacionalizan dichas intervenciones en la práctica clínica. Respecto al abordaje clínico, Valerio (2024) sugiere una intervención integral que combine la Terapia Cognitivo-Conductual con enfoques sistémicos y de resolución de problemas. En el plano individual, resulta fundamental el análisis funcional y la psicoeducación, sumado a un entrenamiento en regulación emocional que permita al adolescente identificar sus afectos, validar sus experiencias e incrementar su tolerancia al malestar (Marín, 2013, como se citó en Valerio, 2024). Estas herramientas, que incluyen también el control de la ira y la reestructuración cognitiva (Fleta, 2017), se complementan con el desarrollo de habilidades sociales que favorezcan una respuesta más adaptativa frente al estrés.
Por otro lado, la evidencia destaca que el éxito del tratamiento depende en gran medida de la integración del sistema familiar. Basándose en los planteamientos de Garza (2016), Valerio (2024) sostiene que la terapia familiar debe perseguir cuatro objetivos críticos: psicoeducar a los miembros sobre la conducta, modificar las dinámicas que actúan como detonantes de la autolesión, establecer roles parentales adecuados y reducir la expresividad emocional desbordada en favor de una comunicación efectiva. De este modo, la participación de los padres no se considera secundaria, sino un componente estratégico para la estabilidad y éxito del proceso terapéutico.
En conclusión, la conducta autolesiva en la adolescencia se presenta como un fenómeno complejo que va mucho más allá de la lesión física superficial. A lo largo de este análisis, se ha logrado determinar que estas prácticas no constituyen un acto de manipulación ni un intento de suicidio como tal, sino que emergen como un mecanismo de comunicación no verbal ante un malestar emocional que el joven no logra procesar. Como se ha expuesto, factores como la desregulación emocional, los conflictos familiares y las presiones sociales actúan como detonantes de una angustia que el adolescente intenta aliviar a través del cuerpo.
Por tanto, el abordaje de las autolesiones exige una transición desde el juicio hacia la intervención integral. La evidencia sugiere que no existe un camino único para la sanación, sino un abanico de posibilidades que incluye desde la Terapia Dialéctica Conductual hasta enfoques sistémicos. Como bien proponen los modelos de intervención actuales, el éxito terapéutico no solo depende de enseñar al joven nuevas habilidades de afrontamiento, sino de transformar su entorno primario. Solo mediante el fortalecimiento de los vínculos familiares, la psicoeducación y una comunicación efectiva, podremos ofrecer a los adolescentes las herramientas necesarias para que su etapa de crecimiento sea un proceso de descubrimiento y no de daño persistente.
Referencias
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