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El anime es una industria en constante crecimiento y
con fuerte influencia en la cultura juvenil actual.

En Chile esta industria arribó en los años 90, con el estreno de animes como Dragon Ball, Sailor Moon, Slam Dunk, etc. Marcando significativamente la generación correspondiente a esos años, primeramente, llegando a medios masivos como la televisión a través de canales abiertos, estos siendo doblados a nuestro lenguaje para mejorar la comprensión y la llegada para los públicos más generales, durante la época de los 2000, continuó la masificación de esta forma de expresión audiovisual.

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Anime: Herramienta narrativa en la cultura juvenil y adulta. Leer más »

¿Qué es la adicción?

El consumo de sustancias es un fenómeno que ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, contando con múltiples factores que explican su impacto en la persona que consume. Como se observará en el desarrollo de esta newsletter, para comprender cómo se generan, mantienen y agravan las adicciones es necesario entender los factores individuales de la persona, el tipo de sustancias y sus características, así como el ambiente familiar y social en el cual sucede esta interacción.

Como comentan Cruz Martín del Campo et al. (2019), usualmente el consumo de sustancias comienza con lo que se denomina consumo experimental, ya sea por curiosidad o presión grupal. Si bien este consumo puede ser esporádico, no está exento de peligros, siendo uno de estos el aumento progresivo de la cantidad y frecuencia de ingesta, llegando a pasar de un consumo experimental a uno ocasional y, posteriormente, a un consumo frecuente. Al cronificarse e intensificarse este patrón, puede llegar a transformarse en lo que se conoce como consumo problemático, el cual implica que la persona utiliza la sustancia pese a los problemas que conlleva en su salud, relaciones, responsabilidades, etc.

Al hacerse constante el uso de la sustancia, así como la intoxicación y los efectos que genera en el organismo, surgen cambios psicológicos, cognitivos y fisiológicos, como lo son la tolerancia, entendida como la necesidad progresiva de aumentar la dosis de la sustancia para conseguir los mismos efectos que en un inicio. Así también, comienza a desarrollarse el síndrome de dependencia o adicción, caracterizado por la dificultad de la persona para controlar el consumo, dándole la principal prioridad en su vida, un deseo intenso de consumir la sustancia (craving), y la justificación y minimización de las consecuencias de la droga por parte de quien consume (Cruz Martín del Campo et al., 2019).

Según Casillas (2024), existen dos tipos de dependencias que pueden llegar a coexistir: la dependencia física y la psicológica. La primera implica una necesidad fisiológica de consumir la sustancia, acompañada del craving y de posibles síntomas de abstinencia, como irritabilidad, mareos, insomnio, temblores, entre otros, los cuales aparecen debido a la reducción parcial o total de la ingesta de la droga, variando en gravedad según la intensidad y cronicidad del consumo. Por otro lado, la dependencia psicológica implica una búsqueda del consumo para alcanzar o mantener los niveles de seguridad, confianza, autoestima u otros efectos psicológicos que se veían favorecidos momentáneamente por el consumo.

Por lo mencionado anteriormente, se comprende que el uso y abuso de drogas, ya sean legales o ilegales, tienen consecuencias graves en la vida de una persona y su funcionalidad, sobre todo en niños, niñas y adolescentes, quienes aún se encuentran en etapas de desarrollo. Por lo tanto, es necesario mencionar otras consecuencias relevantes que pueden aparecer bajo el contexto de consumo o adicción.

Cognitivas: Entre los procesos cognitivos que se pueden ver comprometidos se encuentran las funciones ejecutivas, como la capacidad de atención, la toma de decisiones, la memoria de trabajo, la inhibición de respuestas y el control de impulsos. Asimismo, se ve perjudicada la capacidad de comprender las acciones y conductas propias y ajenas (Ramey y Regier, 2019).

Emocionales: Existe una estrecha relación entre el consumo de sustancias y los trastornos o dificultades emocionales, en donde la adicción puede ser tanto un factor de riesgo para el desarrollo de estos problemas como una consecuencia de ellos. A mayor consumo, se observan mayores probabilidades de presentar depresión, ansiedad, irritabilidad, ideación suicida, entre otros (Contreras et al., 2020).

Sociales: El consumo de sustancias tiene consecuencias tanto para el consumidor como para sus cercanos y terceros. Entre las situaciones que se pueden presentar se observa un empobrecimiento de las relaciones, aislamiento, incursión en conductas de riesgo y delictivas, así también representa un costo para la economía personal, familiar y pública (Cueva, 2012).

Es así que, los cambios neurofisiológicos causados por el consumo hacen que sea considerada una patología grave y además crónica, ya que las consecuencias como la dependencia, craving o tolerancia facilitan que la problemática se mantenga así misma durante el tiempo. Además, a pesar de estar en abstinencia total, estos cambios generados podrían favorecer que la persona recaiga en la conducta adictiva si retoma contacto con la sustancia o el contexto que lo propiciaba.

Por lo tanto, es importante mencionar que, en un proceso de rehabilitación, pueden surgir recaídas, las cuales de forma estadística, pueden llegar a ser esperables. Dentro del fenómeno de la recaída pueden distinguirse los siguientes conceptos.

Recaída: Implica la interrupción de la abstinencia a través del uso de la sustancia.

Recaída en seco: Conlleva que la persona, familia o redes vuelvan a retomar formas de comportamiento o vinculación similares a cuando estaba en consumo sin llegar a usar la sustancia. Por ejemplo, falta de autocuidado, retomar contacto con pares de consumo, entre otros. Frecuentemente, la recaída en seco suele ser la antesala a una recaída utilizando la droga.

Recidiva: Puede llegar a aparecer tras una recaída, caracterizándose por una reconsolidación de las creencias y actitudes positivas acerca del consumo. Siendo un escenario en que la persona se encuentra con conductas similares a las de antes de la intervención.

Como se mencionó anteriormente, aunque el consumo de sustancias es una patología que puede llegar a sostenerse por los mismos cambios que genera. Pueden llegar a existir distintos fenómenos individuales, sociales y contextuales que facilitan su aparición, mantención y gravedad. Los cuales pueden, metafóricamente, llegar a funcionar como una malla que sostiene la problemática del consumo.

Adicción y emociones, analgesia emocional y evitación experiencial

Las emociones, como refiere Cervantes (2024), juegan un rol sumamente relevante en la conducta adictiva, tanto en su adquisición como en su mantención. Por ejemplo, desde etapas tempranas del consumo, las sustancias pueden favorecer la exacerbación de estados emocionales placenteros y eufóricos o, por el contrario, pueden funcionar como una vía de evitación y distracción de emociones o pensamientos displacenteros. De esta manera, la obtención de mayor placer o la reducción del malestar comienza a actuar como una recompensa o refuerzo asociado al hecho de consumir, lo cual fortalece progresivamente las conexiones entre ambos tras cada repetición. Una de las consecuencias de esto es la alteración en el tono hedónico, lo que implica, a grandes rasgos, que el cuerpo comienza a ajustar sus parámetros normales de funcionamiento emocional, provocando que actividades individuales o sociales que antes eran placenteras ya no sean experimentadas con la misma intensidad, generando apatía, desmotivación y un abuso de la sustancia para alcanzar los “nuevos niveles de bienestar”.

Otro cambio fisiológico relevante, que genera un gran peso emocional en la adicción, es el craving, entendido como la sensación de urgencia por consumir o llevar a cabo la conducta adictiva, así como los síntomas o signos asociados a la abstinencia. Ante estas situaciones, que implican altos niveles de estrés y malestar, la conducta adictiva se transforma en un medio no solo para reducir el malestar “externo”, sino también para evitar el malestar interno derivado de las consecuencias neurofisiológicas y de la dependencia presente.

A partir de lo anterior, puede observarse cómo la conducta adictiva muchas veces cumple una función de analgesia emocional, interactuando directamente con las emociones.

Una problemática frecuente que se ve fortalecida por el constante escape del malestar es la “evitación experiencial”, entendido como la disminución en la capacidad de afrontamiento de la persona frente a obstáculos o situaciones estresantes, así como una menor tolerancia a la frustración, evitando constantemente situaciones que generan un malestar inmediato. Esto se ve favorecido porque la conducta adictiva pasa a ser la principal estrategia de regulación emocional, siendo reforzada constantemente por el bienestar instantáneo que proporciona. Lo anterior se traduce en mayores niveles de ansiedad, síntomas depresivos, menor autoestima y autoconfianza, entre otros.

Adicción y narrativas dominantes

En relación a los planteamientos de White y Epston (1993), las consecuencias generadas por la adicción, al mantenerse crónicamente en el tiempo, dan lugar a lo que denominan narrativas dominantes, las cuales hacen referencia a las formas predominantes en que la persona se narra a sí misma y a su realidad. En este tipo de contextos, dichas narrativas se ven saturadas de contenidos e información vinculados a la adicción y sus consecuencias negativas, invisibilizando los recursos, fortalezas y aquellas situaciones en que la persona ha logrado actuar de manera coherente con sus valores. Funcionando metafóricamente como unos lentes que solo le permiten a la persona verse y entenderse así misma desde esta realidad negativa. Un ejemplo de esto, es cuando la persona piensa “soy un adicto”, “soy solo un fracaso”, “solo se causar problemas a mis cercanos”, etc.

Estas narrativas o creencias dominantes favorecen la mantención de la problemática adictiva, ya sea generando o intensificando consecuencias emocionales, como la culpa, vergüenza, ansiedad y, cognitivamente, aumentando aspectos como las autoexigencias; disminuyendo así la capacidad de afrontar las adversidades.

En este contexto, se va configurando una identidad que resulta perjudicial para la persona. A su vez, estas narrativas también se ven influidas por factores sociales, como los prejuicios y creencias en torno al consumo, lo que puede favorecer el aislamiento y el ocultamiento de la problemática. En este sentido pueden aparecer prejuicios como “no deja el consumo porque es débil”, “le falta fuerza de voluntad”, “él o ella siempre ha sido así”; siendo creencias que olvidan el papel que juegan los componentes y cambios biológicos y sociales que mantienen la adicción. Desde las terapias contextuales, otra mirada asociada al consumo es el concepto de inflexibilidad cognitiva, el cual hace referencia a la baja capacidad de la persona para modificar la forma en que se relaciona con sus conductas y creencias. Por ejemplo, una baja aceptación del malestar y de las experiencias que vive se asocia con una mayor evitación experiencial (Luciano et al., 2010).

Influencia familiar y cultural

Si bien, el consumo cumple una función en disminuir el malestar momentáneo de la persona, la influencia de que esto suceda con mayor probabilidad puede venir no solo desde el área individual. Como menciona Dois (2006), sistemas más amplios cómo la familia, la sociedad y su cultura juegan un papel clave en la aparición y mantención de estos problemas. Desde la familia, tanto su estructura, las formas de comunicarse y solucionar problemas, eventos vitales que están viviendo o las creencias, ritos y cultura propia que posean pueden actuar como factores protectores o de riesgo para la conducta adictiva de alguno o algunos de los miembros.

Por ejemplo, familias en donde los conflictos se niegan y evitan, se minimizan las emociones o las discusiones solo escalan, pueden facilitar que la persona busque disminuir el malestar mediante el consumo. Así también, algunos roles dentro de la familia pueden impactar negativamente, por ejemplo, hijos que adoptan las responsabilidades y deberes de los padres o personas que deben tomar el cuidado de uno o más familiares por enfermedad o necesidad, entre otras posibles situaciones.

Además, las familias están en constante cambio y adaptación a eventos vitales esperados como la llegada de un hijo, la incorporación a la vida universitaria o laboral de algún miembro, entre otros. De la misma forma, pueden ocurrir eventos no esperados o no normativos, como enfermedades, accidentes, separaciones, desempleo, etc. Los cuales pueden generar un alto nivel de estrés por la necesidad de movilizar recursos que, según las dinámicas y contexto familiar, pueden ser mejor o peor ocupadas para adaptarse y abordar los obstáculos. Sumado a esto, tanto a nivel social, familiar o laboral, pueden existir distintas culturas o creencias acerca del consumo o comportamiento adictivo que pueden facilitar el acceso a estas conductas. Lo que podría observarse desde grupos de pares en donde el consumo es bien visto y valorado, en juntas familiares donde la ingesta de alcohol es abundante y frecuente, o en reuniones sociales o contextos laborales donde el consumo de cocaína o marihuana no es problematizado y, al contrario, fomentado por la presión social. Es importante reconocer que la aparición de la recaída y recidiva no solo involucra a la persona que consume, sino también puede verse influenciado por sus cercanos, familia y/o redes. Por ejemplo, familias que retoman formas de convivir conflictivas tras intervenciones previas, cercanos que vuelven a incitar al consumo, entre otros posibles escenarios.

Qué hacer si lo notamos en nosotros o en otros

Como se comentó anteriormente el consumo es una problemática que no solo implica al individuo, sino también a sus familias, pares y la sociedad en general. De esta manera, es relevante poder facilitar apoyo a personas que puedan estar transitando por esta problemática, ya sea intentando escuchar y comprender, dejando de lado los estigmas y enjuiciamientos, así como también favorecer el ingreso a servicios o programas de apoyo e intervención públicos o privados. Aun así, en algunos casos el apoyo en estos contextos puede llegar a ser complejo debido al nivel de reconocimiento y conciencia del problema que posea la persona y, junto a esto, la etapa del cambio en la cual se encuentre. En relación a esto, Prochaska y DiClemente (como se cita en Weller, 2013) nos mencionan que, ante la adicción, la persona puede mostrarse pre contemplativa o contemplativa, lo cual implica una nula o reducida conciencia de la existencia de la problemática y/o sus consecuencias. Por lo que, en estas circunstancias abrir espacios de conversación empáticos puede ser un gran apoyo y comienzo para que la persona pueda reflexionar acerca de su situación.

Existen distintas vías de apoyo hacia personas con problemas de consumo problemático o trastorno por consumo de sustancias. Como menciona Casillas (2024), los distintos tipos de intervenciones existentes buscan ayudar a la persona a que pueda rehabilitarse, lo cual, como puede llegar a deducirse de los apartados anteriores, no solo implica Qué hacer si lo notamos en nosotros o en otros Vías de intervención desde la psicología En el caso de comenzar a notar un problema de adicción o consumo problemático en uno mismo, es importante poder buscar y activar redes de apoyo que permitan recibir ayuda, ya sean cercanos, amigos, familiares, centros de salud, profesionales en el áream entre otros

Vías de intervención desde la psicología

Existen distintas vías de apoyo hacia personas con problemas de consumo problemático o trastorno por consumo de sustancias. Como menciona Casillas (2024), los distintos tipos de intervenciones existentes buscan ayudar a la persona a que pueda rehabilitarse, lo cual, como puede llegar a deducirse de los apartados anteriores, no solo implica una reducción o abstinencia total de la sustancia o conducta adictiva, sino también el abordaje de problemáticas relacionales y psicológicas, así como la reinserción social; siendo un ejemplo de este último punto el fortalecimiento de habilidades o acceso a instancias que faciliten su integración a la comunidad y/o trabajos.

Es importante destacar que no existe un tratamiento universal para cada adicción, por lo cual la planificación y articulación de los distintos servicios interdisciplinarios deben tomar en cuenta aspectos cómo la edad, género, tipo de sustancia o conducta, cantidad y frecuencia y posibles trastornos, enfermedades y situaciones de riesgo que puedan coexistir. De esta manera, puede llegar a ser necesario un trabajo tanto de psicoterapeutas, psiquiatras, enfermeros, entre otros. Lo anterior para lograr un abordaje integral y eficaz, abarcando posibles situaciones de riesgo que pueden aparecer a lo largo del proceso. Un ejemplo de esto es que, en trastornos por consumo de alcohol, dependiendo de la gravedad y cronicidad, una abstinencia repentina de la sustancia sin apoyo médico podría tener efectos letales. Algunos tipos de intervención son:

Farmacológico: El tratamiento farmacológico se enfoca en abordar la adicción como una enfermedad crónica, priorizando la prevención de recaídas mediante el control del craving y el manejo del síndrome de abstinencia con fármacos. Así también, el abordaje farmacológico de posibles problemáticas o trastornos mentales coexistentes.

Psicoterapia: El abordaje psicoterapéutico puede ser entregado en modalidades individuales, grupales, familiares y/o de pareja, reconociendo la adicción como un fenómeno relacional y no solo individual. Estas intervenciones buscan modificar las pautas de interacción y comunicación, así como fortalecer la red de apoyo, mejorar la funcionalidad psíquica, la forma de vincularse con las propias conductas y prevenir recaídas.


REFERENCIAS:

• Casillas, E. C. (2024). Terapias, psicoterapias y adicciones. Una mirada interdisciplinar. En E. N. Gómez Gómez, D. M. Valencia Vega y F. de la Paz Avila (Coords.), De emociones, agencia y adicciones. Entre la destrucción y la esperanza: Aportes y reflexiones desde un estado del arte (pp. 147–170). ITESO.

• Cervantes, S. (2024). Las emociones y la adicción. Una trama en la vida. En E. N. Gómez Gómez, D. M. Valencia Vega y F. de la Paz Avila (Coords.), De emociones, agencia y adicciones. Entre la destrucción y la esperanza: Aportes y reflexiones desde un estado del arte (pp. 1–32). ITESO.

• Contreras Olive, Y., Miranda Gómez, O., & Torres Lio-Coo, V. (2020). Ansiedad y depresión en pacientes adictos a sustancias psicoactivas. Revista Cubana de Medicina Militar, 49(1),71–85.http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0138-65572020000100006

• Cueva, G. (2012). Violencia y adicciones: problemas de salud pública. Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública, 29, 99-103.

• Cruz Martín del Campo, S., León Parra, B. y Angulo Rosas, E. A. (2019). Lo que hay que saber sobre drogas (2.a ed.). Centros de Integración Juvenil.

• Dois, A. (2006). Familia y adicciones: Una mirada sistémica. Horizonte de Enfermería, 17(2), 39-44.

• Luciano, C., Páez-Blarrina, M., & Valdivia-Salas, S. (2010). La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) en el consumo de sustancias como estrategia de Evitación Experiencial. International Journal of Clinical and Health Psychology, 10(1), 141-165. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=33712017009.

• Ramey, T., & Regier, P. S. (2019). Cognitive impairment in substance use disorders. CNS Spectrums, 24(1), 102–113. https://doi.org/10.1017/S1092852918001426

• Weller, G. (2013). La motivación para el cambio en el tratamiento de adicciones [Trabajo Final de Integración inédito]. Universidad de Palermo.

• White, M. y Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Paidós.

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El vínculo psicoterapéutico como eje predictor del cambio en la consulta y el rapport como herramienta necesaria.

Alianza terapéutica como protagonista frente al cambio.


La psicoterapia se define como un proceso de comunicación entre el profesional (psicólogo) y una persona que posee un malestar, el cual lo motivó a consultar, de manera que surja un efecto curativo de aquella relación dialógica. En el lenguaje, se establece una comunicación interpersonal cuyo objetivo es el cambio para fomentar la buena salud del consultante. En este sentido, el vínculo o la relación parece ir primero que cualquier otro elemento de la psicoterapia.
¡Hola! En el Newsletter de hoy hablaremos acerca la alianza terapéutica, su definición, su relevancia en la terapia, su diferenciación, su sintonía con el concepto de rapport, revisaremos técnicas y estrategias para establecer un oportuno vínculo psicoterapéutico con nuestros consultantes. Así que atentos quienes están marchando sus primeros pasos en el territorio de la psicología, en especial, la psicología clínica. ¡Comencemos!

¿Cómo impulsamos el cambio en terapia? la función sanadora del vínculo.


En psicología la investigación ha tomado dos rumbos distintos para caracterizar el proceso de psicoterapia. Por un lado, se investiga la eficacia de la terapia, se comparan modelos a modo general o concerniente a ciertos trastornos psicopatológicos; y también se estudia la influencia de elementos específicos de la psicoterapia. Un ejemplo de aquello sería el comportamiento de la APA (Asociación Psicológica Americana) que desde 1993 busca validar empíricamente ciertos tratamientos. Aun así, estos estudios no profundizan en gran manera los componentes de la relación psicoterapéutica, que podrían explicar la función curativa de la psicoterapia. En cambio, la segunda línea de estudio se enfoca en conocer qué es lo genuinamente terapéutico, enfocándose en los cambios y en cómo se producen. Han pasado generaciones de investigadores en este intento por estudiar este proceso de la terapia, siendo un elemento clave la alianza terapéutica.
En cuanto al diagnóstico en las diferentes versiones de los manuales de clasificación diagnóstica, los ataques de pánico se nombran como parte del trastorno de pánico, luego se especifica su manifestación con o sin agorafobia, para que en la actualidad la definición del trastorno de pánico se fuera perfilando; contando como requisito para el diagnóstico los ataques inesperados, la preocupación constante o cambios en la conducta. Hoy en día, un detalle novedoso e importante que destacar del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-V), es que el ataque de pánico se considera un especificador en diversos trastornos, y es posible que su adición a los mismos prediga una mayor severidad de los síntomas y una menor respuesta al tratamiento.

¿A qué nos referimos con Alianza terapéutica?

El origen del término proviene de la tradición psicoanalítica, indirectamente usado por Freud (1913) a través del concepto de rapport; analista que prioriza como objetivo de intervención la adherencia del paciente hacia la terapia y hacia el analista. Es así como surgen diferentes conceptualizaciones sobre la relación terapéutica, llegando a definir el vínculo desde la colaboración de tareas y desde la relación afectuosa y de mutuo apoyo entre el profesional y el consultante.
Entre estos hallazgos, la conceptualización más aceptada ha sido propuesta por Bordin (1979), quien caracteriza el vínculo de psicoterapia como un proceso activo de cualquier relación orientada al cambio. El autor distingue tres elementos de la alianza terapéutica:
  1. La red de conexiones positivas entre terapeuta y consultante, que determinan el tono emocional que tiene esté del primero, de manera que se funda la confianza, la empatía y la comprensión.

  2. El acuerdo de los objetivos de terapia, existiendo un consentimiento de lo que se quiere lograr finalizado el proceso.

  3. Un acuerdo en la realización de tareas y actividades, es decir, un compromiso con los medios para lograr los objetivos. Ambas partes están de acuerdo en la importancia en las actividades y sus responsabilidades.
Por otro lado, Horvath (1994) destaca el rol de la colaboración activa del paciente en terapia. Es más, el mismo hecho de lograr una colaboración es central para el desarrollo de la intervención, en cuanto existe una relación positiva y un deseo de cambio. En este sentido, el vínculo también se debe percibir desde un sentimiento de “estar a gusto” y de corresponsabilidad en el trabajo etapa tras etapa.

Características de la alianza terapéutica.

En razón de los estudios que intentan caracterizar, definir y medir la alianza terapéutica, se puede destacar lo mencionado por González (2005) quien señala que:
  1. Es una de las claves para conseguir el cambio. Está validada en varios modelos de psicoterapia.

  2. Es un concepto ampliamente estudiado para entender la relación terapéutica. Estudios avalan una correlación positiva con los resultados de cambio, es decir, que el vínculo está involucrado en la mejora de la salud.

  3. No existe una definición homogénea o genérica del concepto de alianza, más bien depende del instrumento de medición que aterriza el concepto. Igualmente, se consideran componentes comunes sobre el vínculo personal, el acuerdo de los objetivos de terapia y la colaboración en las actividades y tareas.

  4. Las escalas que miden la alianza aún requieren adecuadas propiedades psicométricas, vale decir, que cuenten con un buen grado de validez y adecuación que permita comprobar lo que están midiendo.

  5. Según Horvath y Bedi (2002), un aspecto en común de las formulaciones modernas sobre la alianza psicoterapéutica es el acento en la colaboración activa y el consenso mutuo. La calidad de la relación incluye elementos cognitivos (acuerdo en metas y en tareas), un lazo afectivo, un sentido de equipo, un aspecto intencional y consciente, y elementos del pasado de cada integrante.

  6. Si bien, no existe un consenso de un patrón de alianza durante las fases de tratamiento, existen un consenso de los estudios en indicar que los momentos iniciales son cruciales para establecer el vínculo. De lo contrario. las expectativas de éxito de la terapia peligran, o también existe el riesgo de que el consultante abandone prematuramente la intervención.

  7. Según el autor algunos factores que afectan el vínculo son (González, 2005, p.19):
    • Variables del consultante: severidad del cuadro clínico, trastorno, relaciones objétales, conducta de apego en la infancia.
    • Variables del terapeuta: habilidades interpersonales y comunicación, empatía, calidez, experiencia, formación, comportamiento y/o actitudes negativas.
    • Variables de la interacción: complementariedad entre terapeuta y paciente y colaboración entre los participantes de la díada.
  8. En la actualidad existe un gran interés en conocer los aspectos de las relaciones terapéuticas, indagando en las variables que intervienen, los tipos de quiebres de alianza, sus causas y soluciones, y la relación del vínculo con los resultados de la intervención.
“Cuando se aproxima una crisis, siento que me cuesta respirar, siento que me asfixio y me mareo. Pienso que me desmayaré o moriré”
“Sufro de un intenso pánico hasta volver a la calma”
“Tengo miedo de experimentar una futura crisis de pánico”

Cabe destacar, que estos estímulos internos desagradables a diferencia de los externos, suelen ser menos predecibles y difíciles de manejar a nivel consciente; por esto suelen producir un miedo muchos más intenso, reiterado, no anticipado y genera una mayor ansiedad anticipatoria sobre su vivencia.
La combinación de estas sensaciones propioceptivas y los significados atribuidos conllevan a la formación de este circuito de miedo patológico, lo cual activa procesos psicofisiológicos, estrategias de acción personal orientadas a la evitación y estrategias de interacción social en la búsqueda de apoyo constante en personas significativas. Estas estrategias al ser efectivas en un primer momento, al ser repetidas por los sujetos, se convierten en rígidas e inadaptativas a largo plazo; perpetuando la ocurrencia de las crisis de pánico.

En resumen, los ataques de pánico forman parte de un complejo círculo vicioso donde intervienen reacciones fisiológicas, percepciones y creencias sobre los síntomas, la activación de un intenso terror y un conjunto de estrategias desadaptativas, pues no se enfrenta este miedo. Por ende, al referirnos al ataque de pánico se apunta a una cadena de elementos o aspectos que interactúan entre sí.

Diagnóstico diferencial del ataque de pánico.


Como se mencionó con anterioridad, el ataque de pánico suele aparecer asociado a otras patologías como un especificador, además de conformar el trastorno de pánico; un trastorno que se ha presentado en el 90% de la población en conjunto con otra patología psiquiátrica, donde un 33% de los sujetos fueron diagnosticados con un trastorno depresivos que lo antecede.
Siendo una patología dinámica entre persona y su contexto, muchas de las patologías asociadas se categorizan según su expresión a través del pánico o su evitación, las cuales pueden ser parte de una secuencia complementaría. De ahí que se asocian otras patologías debido a lo incapacitante que son las crisis. Algunos trastornos comórbidos son los trastornos de ansiedad, del estado de ánimo, trastornos del control de impulsos, trastorno por consumo de sustancias, trastornos psicóticos, trastorno de personalidad y trastornos de alimentación. Asimismo, el trastorno de pánico es frecuente encontrarlo junto a patologías médicas como el cáncer, la tiroides, patologías cardíacas, migraña, síndrome del intestino irritable y enfermedades respiratorias.
Debido a la frecuente comorbilidad con otras patologías, se debe realizar un diagnóstico diferencial. Este se realiza mediante la entrevista clínica con un profesional de salud mental, la información complementaría de padres y profesores en el caso de los escolares, y su complemento con herramientas de evaluación, en especial, con la utilización de la Escala de Gravedad del Trastorno de Pánico; instrumento disponible para médicos que determina la gravedad y el progreso de un tratamiento. Igualmente, se puede completar el Inventario de Ansiedad de Beck como instrumento de autoaplicación que registra los síntomas más comunes de ansiedad y el Inventario de Ansiedad Rasgo Estado (IDARE) que también se autoaplica para conocer las dimensiones de ansiedad-estado y ansiedad rasgo. Este primer acercamiento al diagnóstico siempre debe descartar alguna afección médica con un especialista en el área, ya que se deben descartar patologías pulmonares, neurológicas, cardiovasculares, endocrinas y de la intoxicación y abstinencia del consumo de sustancias.
No es angustia ni ansiedad, es pánico: confusiones más comunes Es fácil que nos confundamos de diagnóstico, porque muchos trastornos parecen tener en común aquellas manifestaciones emocionales intensas, llegando a perturbar el funcionamiento cotidiano de la persona. Aquí te ofrecemos una breve descripción y diferenciación de algunos trastornos que suelen confundirse con el trastorno de pánico o el ataque de pánico en sí mismo, descritos en el libro de Giorgio Nardone (2012) No hay noche que no vea el día, La terapia breve para los ataques de pánico:
  • La ansiedad generalizada: uno de los primeros trastornos que se confunde con el trastorno de pánico. Se diferencia de éste debido a que existe una pérdida de control total, donde la persona vive en un estado constante de alerta con síntomas similares al pánico pero sin llegar a tal expresión devastadora e incontrolable. Requiere de un tratamiento diferenciado.

  • La angustia: está se manifiesta como una opresión profunda en el pecho, como si estuviera siendo oprimido, dificultando el paso del aire, y se acompaña de un temor por un asunto que no se desea pero que se percibe como irremediable. El estado de constante angustia suele culminar en el trastorno de depresión o en trastornos somatoformes. Su tratamiento debe ser distanciarse de las estrategias terapéuticas para el pánico, ya que pueden generar un efecto iatrogénico o perjudicial.

  • El trastorno de estrés postraumático: este se distingue por estados de angustia, agitación y temor, por lo que suele confundirse con el pánico; sin embargo, destaca por los recuerdos y sensaciones intrusivas producto de una experiencia perturbadora. Si bien, las reacciones activadas en quien sufre corresponden al pánico, esté cesa una vez tratado el trastorno.

  • Hipocondría y patofobia: en ambos trastornos existe una necesidad de mantener el propio cuerpo bajo control, lo que en consecuencia produce efectos somáticos que alertan y atemorizan a la persona hasta el pánico. Por ende, el tratamiento se enfoca en las fijaciones obsesivas y no en las reacciones.
  • El trastorno obsesivo compulsivo: muy similar a los trastornos anteriores, lo que caracteriza al trastorno son las obsesiones. Estas llevan a compulsiones que ponen en práctica las necesidades imperantes y obsesivas; de no ser satisfechas, culmina en reacciones de pánico.

  • Las dinámicas relacionales: muchas crisis surgen de algún problema relacional, por ejemplo, una pelea de pareja o una ruptura. En este caso no se interviene en el pánico, ya que contribuye a mantener la patología relacional que se debe solucionar.

  • La histeria de conversión: se caracteriza por el cambio constante de los síntomas, hasta crear los efectos esperados. Estas personas pueden sentirse deprimidas, a veces sienten pánico, otras veces son hipocondríacos, etc. Si el tratamiento se enfoca solo en el pánico, el tratamiento será frustrante repleto de mejoras y recaídas constantes.

  • Modelos de terapia: como anillo al dedo.


    El tratamiento con mayor apoyo empírico y que destaca por su efectividad para los ataques de pánico es la terapia cognitivo-conductual (TCC), la cual cuenta con ventajas en la rentabilidad, se puede realizar en formato grupal o individual y sus resultados suelen mantenerse a largo plazo; incluso, promueven mejorías para el bienestar en el trabajo paralelo con patologías comórbidas como los trastornos de ansiedad y depresión. Estos modelos resaltan el rol del miedo hacia los síntomas del pánico para su mantenimiento. Algunos componentes recientes para el tratamiento es la relajación aplicada, el reentrenamiento de la respiración, la reestructuración cognitiva, la exposición a las sensaciones corporales temidas y las técnicas de inervación vagal. Estudios de hace unos pocos años, han demostrado cómo el cambio terapéutico basado en la percepción de la autoeficacia ante el pánico y la reestructuración cognitiva de las creencias catastróficas, son esenciales para la superación de la experiencia de pánico.

    Sin perjuicio de lo anterior, existen tratamientos que también han demostrado ser efectivos, pero que se centran en la secuencia o pauta sintomática, más que en modelos explicativos. A diferencia del enfoque cognitivo-conductual, en el modelo sistémico se emplean una diversa variedad de técnicas cognitivas y sistémicas, en razón de resolver los síntomas en poco tiempo. Una de las técnicas terapéutica principales del enfoque sistémico son las prescripciones paradojales, las cuales anulan el comportamiento anómalo; solución intentada fallida involuntaria que mantenía los síntomas, y que gracias a la prescripción de la misma se convierte en voluntaria y manejable. De esta manera, el círculo vicioso del miedo patológico se rompe, gracias al dominio consciente y voluntario del síntoma temido. En estos casos, no se consigue el cambio desde la lógica racional que también mantuvo las estrategias desadaptativas, sino que se trabaja con lo irracional; más bien, se trabaja desde el cambio comportamental, es decir, desde una experiencia emocional correctiva.

    A modo resumen, explicamos brevemente las diferencias entre la TCC y la terapia estratégica sistémica en tratamiento de los ataques de pánico, ofrecida por Nardone en su libro antes citado:
  • La TCC tiene sus bases en la teoría del aprendizaje, de manera que el cambio se obtiene por medio de técnicas cognitivas y conductuales relacionadas a un enfoque explicativo, donde el terapeuta ocupa un rol de «trainer». En cambio, en la terapia breve estratégica se basa en la teoría del cambio, donde se promueven nuevas perspectivas sobre el mundo mediante la promoción de experiencias emocionales correctivas; a través de la utilización de estratagemas del terapeuta. En este caso el terapeuta actúa como un «sabio estratega».

  • En la TCC el proceso inicia con la concientización del problema y de las capacidades y recursos que la persona dispone, para trabajar el miedo patológico. Se parte de la premisa de: “conocer para cambiar”. Por otro lado, la terapia breve estratégica pretende generar el cambio mediante el diálogo y la prescripción de la conducta, de forma que luego la persona se haga consciente de capacidades y recursos. La premisa es: “cambiar para conocer”. Este modelo sobresale por su mayor eficiencia, eficacia y productividad.
  • Las descripciones antes presentadas, tienen la intención de promoverle al lector una mirada general de las terapias más eficientes para el tratamiento de los ataques de pánico, para que pueda indagar en el modelo de terapia que más le acomode. Igualmente, existen otros tratamientos psicológicos para el ataque de pánico, pero que no cuentan con el suficiente apoyo científico. Existe el entrenamiento respiratorio, los ejercicios físicos de mediana y alta intensidad incluidos en programas breves para disminuir el temor a las sensaciones de la ansiedad, la Terapia Cognitiva basada en Mindfulness (TCBM) que trabaja en la atención plena y la aceptación de la experiencia de pánico. Asimismo, existen alternativas de autoayuda, como el tratamiento online y de realidad virtual, que son ventajosas por su accesibilidad; aunque existen pocos estudios que lo avalen.

    Uso de fármacos para el manejo de un ataque de pánico


    Otro tratamiento válido para tratar los ataques de pánico y el trastorno de pánico es el tratamiento farmacológico. En atención de emergencia, es fácil encontrarnos con la administración de benzodiazepina de acción corta como ALPRAZolam (Xanax) con el objetivo de reducir los síntomas de ansiedad severos. Los medicamentos de primera línea para el pánico son los ISRS, algunos de estos fármacos aprobados por la Administración Federal de Medicamentos (FDA) para el trastorno de pánico son la Sertralina (Zoloft), Paroxetina (Paxil) y la Fluoxetina (Prozac). Ahora bien, existen efectos secundarios de los fármacos que son predecibles, como agitación, náuseas, mareos, diarrea, sudoración, dolor de cabeza, estreñimiento y disfunción sexual. Sin embargo, las reacciones perjudiciales o graves no son usuales.
    El tratamiento a largo plazo debe ser acorde a las necesidades de cada persona y puede incluir una complementariedad entre medicación, psicoterapia, educación y otras terapias complementarias. No obstante, como menciona Nardone (2016), aunque el fármaco actúe rápidamente calmando los síntomas del pánico, este funciona como un sustituto de la capacidad de gestión del sujeto; desestimando la autoeficacia y autoconfianza en las capacidades, perpetuando el círculo del miedo patológico. Por ende, apostamos por el tratamiento psicoterapéutico que rompe la cadena patológica del miedo.

    Libres del pánico: Cómo dominamos el miedo patológico.

  • Enfrentar el miedo contra el miedo: es crucial aceptar el miedo para utilizarlo a nuestro favor. Podemos escoger ser valientes para traspasar nuestros límites y ver de lo que somos capaces. Si nos enfrentamos a lo temido, podremos impedir que se alimente un miedo mayor a la vez que incrementamos la confianza en nosotros mismos.  
  • Exasperar para reducir: Los antiguos escritores chinos en sus libros mencionaron la siguiente estratagema: <>. Enfrentarse de forma gradual a lo temido y sus sensaciones asociadas, genera mayor confianza en los recursos personales. Para esto se puede practicar la exposición gradual a las fantasías terroríficas en un lugar seguro, luego en un tiempo determinado del día, para después permitirlas en actividades cotidianas, y por último experimentarlas en momentos críticos de miedo o ansiedad.
  • Educar en el descubrimiento: Es necesario permitir que niños y jóvenes descubran sus capacidades y las incrementen mediante la experiencia y la superación de las dificultades, ejerciendo la dinámica del ensayo y error. Como adultos no debemos anteponernos o evitarles el dolor o el sufrimiento, sobreprotegerlos, pues anulamos la oportunidad de crecer y desarrollar una autoestima y una sensación de autoconfianza sana.  
  • Técnicas para el manejo de un ataque de pánico: los ejercicios de respiración profunda son útiles para disminuir la ansiedad, mediante la disminución consciente de la respiración y centrarse en respiración pausadas, profundas y rítmicas. Por ejemplo, podemos realizar la técnica 5,5,5: en 5 segundos inhalamos, en 5 segundos retenemos y en 5 segundos exhalamos. Otra técnica puede ser la imaginería guiada, que consiste en imaginarse en un entorno sereno y seguro.
  • Hasta aquí termina nuestra Newsletter del día de hoy. Vimos como los ataques de pánico son más que sobre reacciones al miedo intenso, sino que se desarrolla por las interacciones de componentes psicofisiológicos, acciones personales y estrategias que fecundan el pánico, porque lo rehúyen. Como personas que enfrentan desafíos y problemas a diario, no podemos enceguecernos por el miedo, aprendamos de él para trascender, descubramos de lo que somos capaces de hacer.
    Citando a Fernández Pessoa: «Llevó encima las heridas de todas las batallas que he evitado»

    ¡Puede que nos sorprenda lo que pudimos hacer, gracias al valor que tuvimos!

    REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

    • Amodeo, E. S. (2017). Trastorno de pánico y su tratamiento psicológico. Revisión y actualización. Revista Katharsis, N 23, pp.166-176. http://revistas.iue.edu.co/index.php/katharsis
    • Asmundson, G. J., Taylor, S., & AJ Smits, J. (2014). Panic disorder and agoraphobia: An overview and commentary on DSM‐5 changes. Depression and Anxiety, 31(6), 480-486.
    • Caballo, V. E. (2007). Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos (Vol. 1). Siglo XXI.
    • Ceberio, M. R. (2020). Uso de Prescripciones paradojales en trastornos de pánico y agorafobias: un estudio de revisión. Calidad de Vida y Salud, 13(ESPECIAL), 2-17.
    • Fernandez Raone, Martina y Zanassi, Sergio (2015). Lo que no escapa a la estructura de la angustia: las crisis de pánico. VII Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XXII Jornadas de Investigación XI Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.
    • García, H. B. A., & Contreras, A. H. (2019). Intervención cognitivo-conductual en un caso de ataques de pánico. Revista de casos clínicos en salud mental, 7(1), 5-14.
    • Nardone, G. (2012). No hay noche que no vea el día: la terapia breve para los ataques de pánico. Herder Editorial.
    • Nardone, G. (2016). La terapia de los ataques de pánico: Libres para siempre del miedo patológico. Herder Editorial.
    • Valdes, B., Salani, D., King, B., & De Oliveira, G. C. (2021). Recognition and treatment of Psychiatric emergencies for health care providers in the emergency department: panic attack, panic disorder, and adverse drug reactions. Journal of emergency nursing, 47(3), 459-468.
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    El vínculo psicoterapéutico como eje predictor del cambio en la consulta y el rapport como herramienta necesaria. Leer más »

    Crisis de pánico, ¡mi peor pesadilla!

    El miedo es una de las emociones básicas del ser humano, y nos acompaña para protegernos social y físicamente de los peligros de la vida cotidiana. Sin embargo, cuando el miedo es intenso y reiterado y no sabemos afrontarlo, esta emoción se vuelca hacia sí misma y nos invade de pies a cabeza, convirtiéndose en reacciones de pánico. Sentimos que nos vamos a morir, pero lo que en realidad está ocurriendo es una crisis o ataque de pánico que no podemos controlar. ¡Hola! En el Newsletter de hoy hablaremos acerca de los ataques de pánico, su origen conceptual, los síntomas asociados, sus posibles causas, su evaluación y diagnóstico diferencial, los diferentes enfoques de tratamiento para abordarlos y, por último, algunos consejos prácticos para la prevención y técnicas para el manejo de las crisis.
     

    El concepto de ataques de pánico.

     
    El término de ataque de pánico ha transitado por diferentes nombres hasta llegar a su nombre actual y popular de crisis de pánico. Fue nombrado como un síndrome del corazón de soldado o irritable, como una parapatía ansiosa, un síndrome de esfuerzo, entre otras. No obstante, su origen conceptual o clasificación diferencial de otros diagnósticos se debe al psiquiatra Donald F. Klein (1962) quien, en la observación de los efectos de determinados fármacos en personas con sintomatología ansiosa, se encontró con que solo parte de los sujetos respondían positivamente a estas drogas. Klein diferencia el trastorno de pánico como una crisis de ansiedad intensa, diferente al trastorno de ansiedad generalizada donde se está en constante estado de preocupación. Estos hallazgos son respaldados por el autor desde la teoría del apego de Bowlby (1969), ya que la conducta de apego surge debido a la señal de angustia ante una situación amenazante, que impulsa al infante a la búsqueda de protección y cariño. Más adelante veremos cómo las figuras de cuidado y el desarrollo en la infancia repercute en las reacciones fóbicas que predisponen una crisis de pánico.
    En cuanto al diagnóstico en las diferentes versiones de los manuales de clasificación diagnóstica, los ataques de pánico se nombran como parte del trastorno de pánico, luego se especifica su manifestación con o sin agorafobia, para que en la actualidad la definición del trastorno de pánico se fuera perfilando; contando como requisito para el diagnóstico los ataques inesperados, la preocupación constante o cambios en la conducta. Hoy en día, un detalle novedoso e importante que destacar del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-V), es que el ataque de pánico se considera un especificador en diversos trastornos, y es posible que su adición a los mismos prediga una mayor severidad de los síntomas y una menor respuesta al tratamiento.

    ¿Qué nos ocurre en un ataque de pánico?

    El ataque de pánico puede ser de aparición inesperada o repentina, cuya presentación reiterada durante al menos 1 mes de preocupación por la aparición de estas crisis, sus consecuencias o el comportamiento desadaptativo, provocarían finalmente el trastorno de pánico. El trastorno de pánico suele presentarse el doble en mujeres en comparación con hombres, con un porcentaje de 82% y 51%, y es probable que un 4,7% de las personas lo experimenten durante su vida, siendo la población entre 20 a 49 años la con mayor prevalencia.
    Las crisis de pánico conllevan síntomas físicos como la aparición de malestar o miedo intenso que alcanza su máxima expresión en minutos, el cual se asocia al aumento de la frecuencia cardíaca, temblores, transpiración, dificultad para respirar o sensación de asfixia, náuseas, dolor en el pecho, escalofríos y sensación de entumecimiento. Asimismo, presenta síntomas cognitivos que incluyen la percepción de irrealidad o despersonalización, miedo a perder el control, morir o “volverse loco”.
    Estos síntomas y reacciones se deben al funcionamiento rápido e inconsciente que realiza nuestro cerebro. Al percibir un peligro, la información toma 2 rumbos. El primer camino es la activación directa de la amígdala, la mente primitiva, la cual activa todas las zonas del cerebro que suscita los síntomas de pánico, y el segundo camino circula inicialmente hacia el tálamo para procesar la información sensorial y luego se dirige a la corteza la cual decide si se requiere una reacción de miedo para activar la amígdala. En el caso de las reacciones de pánico, este procesamiento secundario también denominado como nuestra mente evolucionada suele procesar las reacciones instantáneas de miedo como algo peligroso. El funcionamiento de la mente primitiva es percibido como algo perjudicial, por el descontrol de las reacciones de miedo y, por ende, se inicia la escalada hacia el pánico.

    Cabe señalar que el ataque de pánico puede emerger en estados de ansiedad como de calma, siendo el cambio repentino el que determina el comienzo de una crisis. Este aspecto debe ser considerado con cautela al momento de diagnosticar.

    ¿Cómo nos explicamos la crisis?

    Para entender por qué algunas personas son propensas a sufrir ataques de pánico, existen diferentes enfoques que enfatizan su origen. Algunos autores destacan el procesamiento emocional y el aprendizaje asociativo, una evaluación cognitiva errónea de los síntomas de la crisis, o también se habla de una sensibilidad fisiológica de base. Una de las premisas más apoyadas por estudios empíricos es la sensibilidad o disposición a la ansiedad. Los estudios iniciales del ataque de pánico realizados por Barlow (1988), se refieren a una activación errónea del “sistema del miedo”, donde se habla de una vulnerabilidad biológica ante situaciones estresantes del cotidiano. Desde esta perspectiva, se suma la vulnerabilidad psicológica de los sujetos, quienes cuentan con un grupo de creencias que procesan los síntomas del pánico como peligrosos; por ejemplo, la persona piensa que se va a morir o que no tiene control. Por otro lado, también se suman las creencias asociadas al autoconcepto, como sentirse frágil o incapaz de controlar las emociones, y también las percepciones sobre el mundo, considerando las circunstancias como impredecibles e incontrolables. Este enfoque cognitivo-conductual supone que dichas creencias emanan de experiencias vitales, donde el sujeto aprende de las figuras de cuidado sobre los peligros mentales y físicos en relación a ciertos síntomas corporales; lo cual incluye los eventos estresantes próximos a la primera crisis de pánico.
     
    En este punto, tiene sentido los descubrimientos de un estudio a largo plazo, donde se halló una mayor prevalencia de trastornos fóbicos en jóvenes que se desarrollaron en familias sobreprotectoras. Este estilo de crianza ha sido una tendencia en la sociedad, donde la familia entorpece el conocimiento e incremento de los recursos personales de los niños, niñas y adolescentes. Como menciona Jean Piaget (1937), la realidad del niño es construida a través de la acción del ensayo y error. Por ende, resulta previsto que los sujetos que no pudieron responder ante situaciones estresantes no pueden manejar las sensaciones intensas de miedo y malestar asociadas al pánico.
     
    Si bien, los estilos de crianza y las experiencias vitales estresantes pueden ser un antecedente que llegue a precipitar los ataques de pánico, no se puede desatender la pauta que mantiene la persistencia de estas crisis. El efecto traumático que generan las sensaciones de pánico, generarían asociaciones o un condicionamiento sobre el miedo; que incluye los elementos del contexto en que se desarrolla el ataque de pánico y la experimentación de los síntomas. De esta manera, se genera un miedo a las mismas reacciones de pánico, que alimentan un círculo vicioso de “miedo al miedo” que funciona como una profecía autocumplida, donde se predice el peligro de una crisis a la vez que se otorgan significados negativos a los síntomas.

    Un ejemplo sería:
    “Cuando se aproxima una crisis, siento que me cuesta respirar, siento que me asfixio y me mareo. Pienso que me desmayaré o moriré”
    “Sufro de un intenso pánico hasta volver a la calma”
    “Tengo miedo de experimentar una futura crisis de pánico”

    Cabe destacar, que estos estímulos internos desagradables a diferencia de los externos, suelen ser menos predecibles y difíciles de manejar a nivel consciente; por esto suelen producir un miedo muchos más intenso, reiterado, no anticipado y genera una mayor ansiedad anticipatoria sobre su vivencia.
    La combinación de estas sensaciones propioceptivas y los significados atribuidos conllevan a la formación de este circuito de miedo patológico, lo cual activa procesos psicofisiológicos, estrategias de acción personal orientadas a la evitación y estrategias de interacción social en la búsqueda de apoyo constante en personas significativas. Estas estrategias al ser efectivas en un primer momento, al ser repetidas por los sujetos, se convierten en rígidas e inadaptativas a largo plazo; perpetuando la ocurrencia de las crisis de pánico.

    En resumen, los ataques de pánico forman parte de un complejo círculo vicioso donde intervienen reacciones fisiológicas, percepciones y creencias sobre los síntomas, la activación de un intenso terror y un conjunto de estrategias desadaptativas, pues no se enfrenta este miedo. Por ende, al referirnos al ataque de pánico se apunta a una cadena de elementos o aspectos que interactúan entre sí.

    Diagnóstico diferencial del ataque de pánico.


    Como se mencionó con anterioridad, el ataque de pánico suele aparecer asociado a otras patologías como un especificador, además de conformar el trastorno de pánico; un trastorno que se ha presentado en el 90% de la población en conjunto con otra patología psiquiátrica, donde un 33% de los sujetos fueron diagnosticados con un trastorno depresivos que lo antecede.
    Siendo una patología dinámica entre persona y su contexto, muchas de las patologías asociadas se categorizan según su expresión a través del pánico o su evitación, las cuales pueden ser parte de una secuencia complementaría. De ahí que se asocian otras patologías debido a lo incapacitante que son las crisis. Algunos trastornos comórbidos son los trastornos de ansiedad, del estado de ánimo, trastornos del control de impulsos, trastorno por consumo de sustancias, trastornos psicóticos, trastorno de personalidad y trastornos de alimentación. Asimismo, el trastorno de pánico es frecuente encontrarlo junto a patologías médicas como el cáncer, la tiroides, patologías cardíacas, migraña, síndrome del intestino irritable y enfermedades respiratorias.
    Debido a la frecuente comorbilidad con otras patologías, se debe realizar un diagnóstico diferencial. Este se realiza mediante la entrevista clínica con un profesional de salud mental, la información complementaría de padres y profesores en el caso de los escolares, y su complemento con herramientas de evaluación, en especial, con la utilización de la Escala de Gravedad del Trastorno de Pánico; instrumento disponible para médicos que determina la gravedad y el progreso de un tratamiento. Igualmente, se puede completar el Inventario de Ansiedad de Beck como instrumento de autoaplicación que registra los síntomas más comunes de ansiedad y el Inventario de Ansiedad Rasgo Estado (IDARE) que también se autoaplica para conocer las dimensiones de ansiedad-estado y ansiedad rasgo. Este primer acercamiento al diagnóstico siempre debe descartar alguna afección médica con un especialista en el área, ya que se deben descartar patologías pulmonares, neurológicas, cardiovasculares, endocrinas y de la intoxicación y abstinencia del consumo de sustancias.
    No es angustia ni ansiedad, es pánico: confusiones más comunes Es fácil que nos confundamos de diagnóstico, porque muchos trastornos parecen tener en común aquellas manifestaciones emocionales intensas, llegando a perturbar el funcionamiento cotidiano de la persona. Aquí te ofrecemos una breve descripción y diferenciación de algunos trastornos que suelen confundirse con el trastorno de pánico o el ataque de pánico en sí mismo, descritos en el libro de Giorgio Nardone (2012) No hay noche que no vea el día, La terapia breve para los ataques de pánico:
  • La ansiedad generalizada: uno de los primeros trastornos que se confunde con el trastorno de pánico. Se diferencia de éste debido a que existe una pérdida de control total, donde la persona vive en un estado constante de alerta con síntomas similares al pánico pero sin llegar a tal expresión devastadora e incontrolable. Requiere de un tratamiento diferenciado.

  • La angustia: está se manifiesta como una opresión profunda en el pecho, como si estuviera siendo oprimido, dificultando el paso del aire, y se acompaña de un temor por un asunto que no se desea pero que se percibe como irremediable. El estado de constante angustia suele culminar en el trastorno de depresión o en trastornos somatoformes. Su tratamiento debe ser distanciarse de las estrategias terapéuticas para el pánico, ya que pueden generar un efecto iatrogénico o perjudicial.

  • El trastorno de estrés postraumático: este se distingue por estados de angustia, agitación y temor, por lo que suele confundirse con el pánico; sin embargo, destaca por los recuerdos y sensaciones intrusivas producto de una experiencia perturbadora. Si bien, las reacciones activadas en quien sufre corresponden al pánico, esté cesa una vez tratado el trastorno.

  • Hipocondría y patofobia: en ambos trastornos existe una necesidad de mantener el propio cuerpo bajo control, lo que en consecuencia produce efectos somáticos que alertan y atemorizan a la persona hasta el pánico. Por ende, el tratamiento se enfoca en las fijaciones obsesivas y no en las reacciones.
  • El trastorno obsesivo compulsivo: muy similar a los trastornos anteriores, lo que caracteriza al trastorno son las obsesiones. Estas llevan a compulsiones que ponen en práctica las necesidades imperantes y obsesivas; de no ser satisfechas, culmina en reacciones de pánico.

  • Las dinámicas relacionales: muchas crisis surgen de algún problema relacional, por ejemplo, una pelea de pareja o una ruptura. En este caso no se interviene en el pánico, ya que contribuye a mantener la patología relacional que se debe solucionar.

  • La histeria de conversión: se caracteriza por el cambio constante de los síntomas, hasta crear los efectos esperados. Estas personas pueden sentirse deprimidas, a veces sienten pánico, otras veces son hipocondríacos, etc. Si el tratamiento se enfoca solo en el pánico, el tratamiento será frustrante repleto de mejoras y recaídas constantes.

  • Modelos de terapia: como anillo al dedo.


    El tratamiento con mayor apoyo empírico y que destaca por su efectividad para los ataques de pánico es la terapia cognitivo-conductual (TCC), la cual cuenta con ventajas en la rentabilidad, se puede realizar en formato grupal o individual y sus resultados suelen mantenerse a largo plazo; incluso, promueven mejorías para el bienestar en el trabajo paralelo con patologías comórbidas como los trastornos de ansiedad y depresión. Estos modelos resaltan el rol del miedo hacia los síntomas del pánico para su mantenimiento. Algunos componentes recientes para el tratamiento es la relajación aplicada, el reentrenamiento de la respiración, la reestructuración cognitiva, la exposición a las sensaciones corporales temidas y las técnicas de inervación vagal. Estudios de hace unos pocos años, han demostrado cómo el cambio terapéutico basado en la percepción de la autoeficacia ante el pánico y la reestructuración cognitiva de las creencias catastróficas, son esenciales para la superación de la experiencia de pánico.

    Sin perjuicio de lo anterior, existen tratamientos que también han demostrado ser efectivos, pero que se centran en la secuencia o pauta sintomática, más que en modelos explicativos. A diferencia del enfoque cognitivo-conductual, en el modelo sistémico se emplean una diversa variedad de técnicas cognitivas y sistémicas, en razón de resolver los síntomas en poco tiempo. Una de las técnicas terapéutica principales del enfoque sistémico son las prescripciones paradojales, las cuales anulan el comportamiento anómalo; solución intentada fallida involuntaria que mantenía los síntomas, y que gracias a la prescripción de la misma se convierte en voluntaria y manejable. De esta manera, el círculo vicioso del miedo patológico se rompe, gracias al dominio consciente y voluntario del síntoma temido. En estos casos, no se consigue el cambio desde la lógica racional que también mantuvo las estrategias desadaptativas, sino que se trabaja con lo irracional; más bien, se trabaja desde el cambio comportamental, es decir, desde una experiencia emocional correctiva.

    A modo resumen, explicamos brevemente las diferencias entre la TCC y la terapia estratégica sistémica en tratamiento de los ataques de pánico, ofrecida por Nardone en su libro antes citado:
  • La TCC tiene sus bases en la teoría del aprendizaje, de manera que el cambio se obtiene por medio de técnicas cognitivas y conductuales relacionadas a un enfoque explicativo, donde el terapeuta ocupa un rol de «trainer». En cambio, en la terapia breve estratégica se basa en la teoría del cambio, donde se promueven nuevas perspectivas sobre el mundo mediante la promoción de experiencias emocionales correctivas; a través de la utilización de estratagemas del terapeuta. En este caso el terapeuta actúa como un «sabio estratega».

  • En la TCC el proceso inicia con la concientización del problema y de las capacidades y recursos que la persona dispone, para trabajar el miedo patológico. Se parte de la premisa de: “conocer para cambiar”. Por otro lado, la terapia breve estratégica pretende generar el cambio mediante el diálogo y la prescripción de la conducta, de forma que luego la persona se haga consciente de capacidades y recursos. La premisa es: “cambiar para conocer”. Este modelo sobresale por su mayor eficiencia, eficacia y productividad.
  • Las descripciones antes presentadas, tienen la intención de promoverle al lector una mirada general de las terapias más eficientes para el tratamiento de los ataques de pánico, para que pueda indagar en el modelo de terapia que más le acomode. Igualmente, existen otros tratamientos psicológicos para el ataque de pánico, pero que no cuentan con el suficiente apoyo científico. Existe el entrenamiento respiratorio, los ejercicios físicos de mediana y alta intensidad incluidos en programas breves para disminuir el temor a las sensaciones de la ansiedad, la Terapia Cognitiva basada en Mindfulness (TCBM) que trabaja en la atención plena y la aceptación de la experiencia de pánico. Asimismo, existen alternativas de autoayuda, como el tratamiento online y de realidad virtual, que son ventajosas por su accesibilidad; aunque existen pocos estudios que lo avalen.

    Uso de fármacos para el manejo de un ataque de pánico


    Otro tratamiento válido para tratar los ataques de pánico y el trastorno de pánico es el tratamiento farmacológico. En atención de emergencia, es fácil encontrarnos con la administración de benzodiazepina de acción corta como ALPRAZolam (Xanax) con el objetivo de reducir los síntomas de ansiedad severos. Los medicamentos de primera línea para el pánico son los ISRS, algunos de estos fármacos aprobados por la Administración Federal de Medicamentos (FDA) para el trastorno de pánico son la Sertralina (Zoloft), Paroxetina (Paxil) y la Fluoxetina (Prozac). Ahora bien, existen efectos secundarios de los fármacos que son predecibles, como agitación, náuseas, mareos, diarrea, sudoración, dolor de cabeza, estreñimiento y disfunción sexual. Sin embargo, las reacciones perjudiciales o graves no son usuales.
    El tratamiento a largo plazo debe ser acorde a las necesidades de cada persona y puede incluir una complementariedad entre medicación, psicoterapia, educación y otras terapias complementarias. No obstante, como menciona Nardone (2016), aunque el fármaco actúe rápidamente calmando los síntomas del pánico, este funciona como un sustituto de la capacidad de gestión del sujeto; desestimando la autoeficacia y autoconfianza en las capacidades, perpetuando el círculo del miedo patológico. Por ende, apostamos por el tratamiento psicoterapéutico que rompe la cadena patológica del miedo.

    Libres del pánico: Cómo dominamos el miedo patológico.

  • Enfrentar el miedo contra el miedo: es crucial aceptar el miedo para utilizarlo a nuestro favor. Podemos escoger ser valientes para traspasar nuestros límites y ver de lo que somos capaces. Si nos enfrentamos a lo temido, podremos impedir que se alimente un miedo mayor a la vez que incrementamos la confianza en nosotros mismos.  
  • Exasperar para reducir: Los antiguos escritores chinos en sus libros mencionaron la siguiente estratagema: <>. Enfrentarse de forma gradual a lo temido y sus sensaciones asociadas, genera mayor confianza en los recursos personales. Para esto se puede practicar la exposición gradual a las fantasías terroríficas en un lugar seguro, luego en un tiempo determinado del día, para después permitirlas en actividades cotidianas, y por último experimentarlas en momentos críticos de miedo o ansiedad.
  • Educar en el descubrimiento: Es necesario permitir que niños y jóvenes descubran sus capacidades y las incrementen mediante la experiencia y la superación de las dificultades, ejerciendo la dinámica del ensayo y error. Como adultos no debemos anteponernos o evitarles el dolor o el sufrimiento, sobreprotegerlos, pues anulamos la oportunidad de crecer y desarrollar una autoestima y una sensación de autoconfianza sana.  
  • Técnicas para el manejo de un ataque de pánico: los ejercicios de respiración profunda son útiles para disminuir la ansiedad, mediante la disminución consciente de la respiración y centrarse en respiración pausadas, profundas y rítmicas. Por ejemplo, podemos realizar la técnica 5,5,5: en 5 segundos inhalamos, en 5 segundos retenemos y en 5 segundos exhalamos. Otra técnica puede ser la imaginería guiada, que consiste en imaginarse en un entorno sereno y seguro.
  • Hasta aquí termina nuestra Newsletter del día de hoy. Vimos como los ataques de pánico son más que sobre reacciones al miedo intenso, sino que se desarrolla por las interacciones de componentes psicofisiológicos, acciones personales y estrategias que fecundan el pánico, porque lo rehúyen. Como personas que enfrentan desafíos y problemas a diario, no podemos enceguecernos por el miedo, aprendamos de él para trascender, descubramos de lo que somos capaces de hacer.
    Citando a Fernández Pessoa: «Llevó encima las heridas de todas las batallas que he evitado»

    ¡Puede que nos sorprenda lo que pudimos hacer, gracias al valor que tuvimos!

    REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

    • Amodeo, E. S. (2017). Trastorno de pánico y su tratamiento psicológico. Revisión y actualización. Revista Katharsis, N 23, pp.166-176. http://revistas.iue.edu.co/index.php/katharsis
    • Asmundson, G. J., Taylor, S., & AJ Smits, J. (2014). Panic disorder and agoraphobia: An overview and commentary on DSM‐5 changes. Depression and Anxiety, 31(6), 480-486.
    • Caballo, V. E. (2007). Manual para el tratamiento cognitivo-conductual de los trastornos psicológicos (Vol. 1). Siglo XXI.
    • Ceberio, M. R. (2020). Uso de Prescripciones paradojales en trastornos de pánico y agorafobias: un estudio de revisión. Calidad de Vida y Salud, 13(ESPECIAL), 2-17.
    • Fernandez Raone, Martina y Zanassi, Sergio (2015). Lo que no escapa a la estructura de la angustia: las crisis de pánico. VII Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XXII Jornadas de Investigación XI Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología – Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.
    • García, H. B. A., & Contreras, A. H. (2019). Intervención cognitivo-conductual en un caso de ataques de pánico. Revista de casos clínicos en salud mental, 7(1), 5-14.
    • Nardone, G. (2012). No hay noche que no vea el día: la terapia breve para los ataques de pánico. Herder Editorial.
    • Nardone, G. (2016). La terapia de los ataques de pánico: Libres para siempre del miedo patológico. Herder Editorial.
    • Valdes, B., Salani, D., King, B., & De Oliveira, G. C. (2021). Recognition and treatment of Psychiatric emergencies for health care providers in the emergency department: panic attack, panic disorder, and adverse drug reactions. Journal of emergency nursing, 47(3), 459-468.
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    ¿Trauma o traumas? Lo traumático como parte de nuestras vidas.

    La palabra trauma proviene del griego “tráumatus” que significa herida, aquella que puede ser física, psicológica y hasta espiritual. Aunque el uso del término se origina en la medicina, el trauma ilustra la ruptura o herida del psiquismo o la mente. Hablamos de un quiebre de la historia de vida y en los modos de vivirla tras un suceso difícil que a nuestra mente consciente le es difícil aceptar.
    ¡Hola! En el Newsletter de hoy hablaremos acerca del Trauma, su definición y naturaleza, así como los factores que intervienen durante todo el proceso de traumatización. Adicionalmente, desarrollaremos una breve explicación del concepto reciente de trauma complejo con sus diferentes presentaciones en la adultez y en la infancia, y por último se hablará sobre la resiliencia y la posibilidad del crecimiento postraumático.
     
    ¡Empecemos!
     

    ¿Qué es el trauma? ¿Qué consideramos por un hecho traumático?

     
    El concepto de trauma ha sido trabajado en diferentes ciencias, como la medicina y ciencias sociales. Aquí vamos a profundizar en el trauma psicológico, lo cual no quita el hecho de que exista una situación de peligro real o imaginada. Inicialmente, podemos distinguir dos tipos de trauma, los denominados traumas con “T” que incluyen sucesos peligrosos y nocivos como los desastres naturales, los atentados terroristas, la muerte de una persona significativa, entre otros; y, por otro lado, están los traumas con “t” que cuestionan las creencias sobre uno mismo, los otros y el mundo.
    Aquella diferencia se integra en la definición del trauma como efecto de eventos profundamente negativos que de forma abrupta atentan contra la integridad física y psíquica de un ser humano, generando terror y sentimientos de indefensión ante la pérdida de la capacidad para responder ante el evento. El impacto de aquellos eventos potencialmente traumáticos puede perdurar por mucho tiempo después, manteniéndose como secuelas postraumáticas que pueden afectar el área emocional, cognitiva, conductual y social de la persona. Es más, cuando decimos que la persona está traumatizada ésta se ve dominada en el presente por pensamientos y sentimientos en torno al evento traumático del pasado. En palabras de Shapiro (2001) en el trauma <el pasado es presente> .

    El «por qué» del trauma.

    Para entender el trauma y sus secuelas, se han descrito diferentes variables que moderan su impacto. Se tiene la reserva de que el trauma difícilmente está ligado a un único evento adverso, lo cual resultaría un diagnóstico más complejo, donde podría existir un resultado acumulativo de traumatizaciones. El trauma complejo como diagnóstico lo abordaremos más adelante como un término reciente y que cuenta con una etiología y síntomas distintivos. Por el momento describimos algunos factores que intervienen en el impacto del trauma, especialmente ligado a los diversos estudios y en especial a los aportes de García y Beyebach (2022) en su libro “Superar experiencias traumáticas”:
    a) Factores personales: En primer lugar, existe una diferencia importante entre la vivencia del trauma en la adultez y en la infancia. En la adultez vemos a un sujeto con una personalidad constituida que se ve perturbado, sin embargo, en la niñez la personalidad se va conformando y deformando; en especial cuando existe violencia y abusos de los progenitores, donde se establecen vínculos patológicos. Según investigaciones actuales, se ha podido identificar que existen períodos críticos del desarrollo donde las áreas del cerebro son mucho más vulnerables al trauma. En este mismo sentido, se debe considerar cómo se ha ido construyendo la autoestima, el autocontrol, cuál es el estilo de vida y las actitudes frente a la vida; así como de las experiencias previas traumáticas, los aprendizajes rescatados y la resiliencia ante las adversidades.
    Cabe destacar que existe una diferencia significativa en los recursos personales disponibles de acuerdo con el ciclo vital, siendo la infancia donde se encuentran recursos más limitados y donde los cuidadores son los principales actores en otorgar significado y poner en marcha acciones ante el evento traumático.
    Por otro lado, el apego se ha vinculado estrechamente con el trauma, en especial cuando se trata del quiebre de relaciones interpersonales en la infancia. Se ha definido como trauma relacional aquellas relaciones entre cuidador y el niño/a que se desenvuelven mediante el miedo sin que exista un peligro, y sin que exista una situación de abuso o violencia expresa para que emerja el trauma. Por ende, se establece un vínculo filial patológico que conllevaría el desarrollo de un estilo de apego inadecuado. Además, se tiene conocimiento de que las experiencias tempranas de abuso ocasionarían un estilo de apego desorganizado y una narrativa incoherente.
    b) Factores ambientales e interpersonales: Otro de los factores que modula la respuesta al trauma es el factor ambiental o social. La exposición a un contexto adverso, a diversas situaciones de riesgo, conflictos parentales y respuestas depresivas anteriores son algunos de los predictores de trastorno de estrés. Incluso, la crianza inapropiada o perjudicial puede ocasionar graves consecuencias a nivel cognitivo, a nivel de maduración neurológica y neuroendocrina, produciéndose problemas de adaptación y personalidad. Asimismo, las consecuencias del trauma pueden ser modificadas por el ambiente familiar, considerándose como factor de riesgo la débil calidad de los vínculos afectivos como promotores de problemas conductuales y emocionales; pues hace falta un vínculo de apoyo. Posteriormente, se menciona como el apoyo social amortigua los efectos del trauma y contribuye a promover consecuencias positivas, o por el contrario pueden potenciar el daño.
    c) Factores durante el evento traumático: Conforme al hecho traumático, debemos distinguir aquellos eventos únicos no anticipados que no suelen generar psicopatología, a diferencia de los eventos críticos y repetitivos que suelen dejar secuelas psicopatológicas en los sobrevivientes, como lo es el abuso y la violencia. Resulta relevante distinguir lo que significará para la persona vivenciar eventos traumáticos producto de la naturaleza y los eventos que son resultado de la agresión, pues a diferencia de aquellos estos ponen en jaque la confianza en el mundo y las personas. Asimismo, existen eventos no intencionales que son efecto de la negligencia, que pueden generar sentimientos de profunda rabia hacia la persona responsable o hacia las personas que no dieron su apoyo.
    Cuando el impacto remece la vida, es relevante considerar las variables psicológicas que median la interpretación del evento, y que condicionan las respuestas ante el estrés del suceso. Nos referimos a la evaluación de la amenaza y la sensación de dominio o control. Será determinante el grado de control personal y las acciones que realiza el sujeto una vez ocurrido el suceso, pues los sentimientos de indefensión pueden potenciar el desarrollo del trauma debido a que se asocia a una carencia personal. Por otro lado, es importante que exista la disponibilidad de apoyo para asistir a la persona en esos momentos difíciles, considerándose como un asidero psicológico; en el caso contrario, la traumatización puede ser mayor cuando no exista contención, sobre todo, de la familia.

    d) Factores peritraumáticos: Los factores peritraumáticos corresponden a las diferentes acciones y estrategias que realiza la persona y la red de apoyo para socorrer tras ocurrido el evento estresor. Las primeras 6 horas hasta las 72 horas después del suceso, son cruciales para intervenir ya que instalan los recuerdos en la memoria. Por un lado, son relevantes las acciones concretas de la persona para hacer frente a lo sucedido, así como será relevante que se exponga al recuerdo traumático.

    Por otro lado, influyen las actuaciones y/o reacciones de los profesionales y de la familia cuando se enteran del evento. Ambos factores cuentan como fuentes de apoyo, siempre y cuando la respuesta sea acogedora, empática y protectora, o al contrario es aún más perjudicial para la persona la indiferencia y la poca credibilidad, incluso llegando a ser culpabilizante. El apoyo social ha sido estudiado por múltiples investigaciones en abuso sexual, asociándolo al impacto en el funcionamiento de las víctimas; especialmente, se ha encontrado la relevancia de la credibilidad materna y las acciones protectora como predictores de la adaptabilidad de la persona a los factores estresantes asociados, a la develación y al proceso de intervención posterior.

    Factores posteriores al evento traumático.

    En situaciones adversas es esencial que exista un contexto de seguridad para proteger a la persona. Existen casos donde la situación amenazante sigue manteniéndose, como es el caso de replicas tras un terremoto o vivir con el agresor de abuso sexual; lo cual interfiere en la elaboración del suceso traumático. Igualmente, la calidad de apoyo social y familiar debe estar orientada a la aceptación incondicional, aunque existen casos donde la respuesta es hostil, llegando a presionar a la persona al olvido del evento. En ningún caso, evitar lo sucedido o reprochárselo a la persona será la mejor forma de enfrentar el trauma. En términos de estrategia, existen estrategias de afrontamiento adaptativas y desadaptativas en la persona:

    Estrategias de afrontamiento adaptativas: Exposición, resolución de problemas, conductas constructivas, aceptación y reinterpretación positiva, búsqueda activa de apoyo, desahogo emocional e instrumental, sentimientos positivos liberadores, etc.

    Estrategias desadaptativas: Evitación conductual, aislamiento o acercamiento a personas inapropiadas, rechazo de ayuda, conductas autodestructivas, atención selectiva, rumiación intrusiva, autoculpabilización, anclaje a sentimientos negativos, consumo de sustancias etc.

     

    Impacto del trauma.

    Los síntomas provenientes del impacto del evento traumático afectan a las personas a nivel cognitivo, afectivo, conductual y físico:
     
    Nivel cognitivo: hipervigilancia, dificultades para recordar, concentrarse y poner atención, la aparición de pensamientos negativos e intrusivos, trastornos del sueño, etc.
    Nivel afectivo: angustia, ansiedad, tristeza, estados depresivos, sentimientos de culpa, vergüenza, rencor, despersonalización, etc.

    Nivel conductual:
    aislamiento, anhedonia, apego o desapego de la familia, consumo de sustancias, hablar en exceso o no hablar sobre el suceso traumático, etc.
    Nivel físico: falta de apetito, migraña, fatiga, náuseas, taquicardia, trastornos digestivos, etc.
     
    Igualmente, se ha evidenciado que las funciones cerebrales se ven alteradas por la activación fisiológica que perturba el sueño y la alimentación y la regulación emocional que incluye sentimiento de desesperanza y tristeza, hasta la excesiva actividad o agresividad. Si nos referimos a sucesos adversos prolongados, se genera la reiterada exposición de cortisol en el hipocampo, que impide la integración de los recuerdos y se genera un almacenamiento disfuncional por el constante estado excitatorio que distorsiona el pensamiento.

    Trauma complejo en la adultez y la infancia. (TEPTC y TTD).

    Entonces, hablamos de un quiebre narrativo en la historia de la persona, que corrompe su salud psíquica y emocional, siendo común que emerjan trastornos que coexistan entre ellos; como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), depresión mayor, crisis de pánico, ansiedad generalizada, trastornos disociativos, duelo complicado, consumo de sustancias, entre otros.

    El TEPT es un diagnóstico aceptado para describir la sintomatología producto de experiencias traumáticas, cuyos síntomas característicos son la reexperimentación, la evitación, el embotamiento afectivo y un aumento en la activación. Sin embargo, el trastorno parece no ser lo suficientemente adecuado para el caso de experiencias reiteradas e intensas de abuso y violencia donde el agresor mantiene un vínculo con la víctima. Debido a la complejidad de los síntomas, se ha propuesto la clasificación diagnóstica de trastorno por estrés postraumático complejo (CPTSD), posteriormente denominado trastorno por estrés extremo no especificado (DESNOS). Otros autores, validan el diagnóstico de trauma complejo para referirse a las situaciones prolongadas y continuas a estresores severos en la infancia, que producen daño y abandono, lo cual finalmente repercute en la vida adulta.

    Según Herman (1992a, 1992b, como se citó en López, 2008) los indicadores centrales del TEPT-C son:

    a) Alteraciones en la regulación de los impulsos afectivos.
    b) Alteraciones en la atención y la consciencia.
    c) Alteraciones en la autopercepción.
    d) Alteraciones en la percepción del maltratador.
    e) Alteraciones en las relaciones con los otros.
    f) Somatización y/o problemas médicos.
    g) Alteraciones en el sistema de significados.

    Por otro lado, investigaciones han encontrado que los síntomas de trauma complejo también aparecen en la infancia y adolescencia, catalogándolo como Trastorno Traumático del Desarrollo (TTD). Este trastorno incluye diversos síntomas en diferentes áreas: apego, biología, regulación del afecto y autorregulación, consciencia, control de la conducta, cognición y autoconcepto. En este sentido, se ha encontrado como los problemas de apego se ligan a la desesperanza y la ambivalencia en las interacciones tras el trauma relacional. Incluso, se ha evidenciado cómo en este tipo de trauma, donde existe una interrupción del cuidado y protección, se generan mayores problemas conductuales que otros tipos de trauma; además de presentar dificultades en el funcionamiento diario. Tanto TEPT como TTD, están asociados a la violencia familiar, al maltrato emocional, al abuso y a cuidadores de personas con discapacidad.

     

     

    Entre superar, resistir y aprender del trauma.

    Tras esta revisión sobre el trauma, es fácil que nos centramos solamente en lo negativo. Es común hablar desde el trastorno o la patología como producto de un evento estresante y, especialmente, es fácil caer en la cultura de la victimología, donde se adoptan ideas preconcebidas sobre el trauma como aquel que genera daño. Solemos considerar a las personas sólo como sujetos que les ocurren estos eventos desafortunados y trágicos. Sin embargo, desde la psicología positiva y las investigaciones en trauma podemos afirmar que el ser humano tiene la capacidad de adaptarse y darle sentido a las experiencias traumáticas más severas. En relación con las reacciones al trauma, son comunes las respuestas al sufrimiento que resultan adaptativas ante tales situaciones anormales. Asimismo, el trastorno retardado es posible pero poco frecuente y la recuperación natural pasado el tiempo es una de las condiciones que la psicología suele olvidar.

    Otra de las posibilidades de respuesta poco atendidas es la resiliencia, la cual refiere a la capacidad de resistir y adaptarse al suceso traumático, permitiéndole mantener cierto equilibrio para rendir en lo cotidiano. Si bien, pareciera que este proceso le corresponde a personas excepcionales, es más común de lo que parece. La resiliencia corresponde a un proceso que evoluciona según las circunstancias, contexto, naturaleza del trauma y que se manifiesta de múltiples maneras. Por ende, la resiliencia no es una cualidad absoluta, sino que es una capacidad fruto de un proceso. Igualmente, existen condiciones que la facilitan, como atender selectivamente los elementos positivos de una situación, aceptar cierta dosis de incertidumbre, aceptar el sufrimiento tras el evento, entendiendo que será pasajero, establecer metas y sus respectivas acciones, adecuándose al nuevo contexto. Es importante considerar que la resiliencia no se atribuye exclusivamente a un proceso individual, también alude a procesos de afrontamiento de las familias, las cuales siguen satisfaciendo las necesidades y el desarrollo de sus integrantes aun cuando ocurren crisis.
    Asimismo, recuperarse o resistirse a un suceso estresante, también conlleva la posibilidad de aprender de éste y salir fortalecidos. El crecimiento postraumático puede manifestarse como un cambio en uno mismo, debido al incremento de la confianza que se tiene para superar otras situaciones adversas y el cambio en las relaciones con otros, ya que se van fortaleciendo producto del apoyo que se tiene de las personas significativas, y los cambios en la espiritualidad y en la filosofía de vida, ya que el trauma altera la escala de valores y la persona comienza a valorar cosas que tenía desatendidas. Por ende, el crecimiento postraumático ocurriría como fruto de los aprendizajes, de modo que se genera una transformación personal tras el suceso crítico y, al igual que la resiliencia, existen factores que lo predicen como el optimismo, la esperanza, el apoyo social, la participación social, la religiosidad, el afrontamiento centrado en el problema y la rumiación constructiva.

    Como hemos visto, las personas viven el trauma, pero éste no las desvive a ellas. Con la búsqueda de ayuda en sus familias, en los profesionales que están a su disposición y con la ayuda hacía ellas mismas para crecer, pueden lograr rescatar lo mejor de estas experiencias o lo más útil para continuar con sus vidas.

    Según Paul Ricoeur, citando en una entrevista a Hannah Arendt:
    “todos los dolores pueden ser llevaderos si los colocas dentro de una historia o cuentas una historia acerca de ellos” (Mena, 2006, p. 29).

    Si conocen a alguien ha experimentado un hecho traumático o son ustedes mismos los afectados por uno, no olviden que han superado algo realmente complejo y que sobrevivieron.
     

     

    ¡Ya no son víctimas, SON SOBREVIVIENTES!

     

    REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

    • Aguilar, D. P. M. (2018). Desafíos en psicoterapia: trauma complejo, apego y disociación. Avances En Psicología, 26(2), 135-144.
    • Aldeas Infantiles, S. O. S. (2019). Acompañando las heridas del alma. Trauma en la infancia y la adolescencia. https://www.espiralesci.es/wp-content/uploads/Acomp_las_heridas_del_alma_FJ_Romeo.pdf 
    • Baía, P. A. D., Magalhães, C. M. C., & Veloso, M. M. X. (2014). Caracterización de apoyo materno en el descubrimiento y develación de abuso sexual infantil. Temas em Psicologia, 22(4), 691-700.
    • Drago, H. D. C., Olaya, A. D. B., & Andrade, M. A. C. (2021). El trauma psicológico y las heridas afectivas: Una revisión sobre sus definiciones y abordajes para la clínica psicológica. Revista de Psicología, 11(2), 121-143.
    • García, F. E., & Beyebach, M. (2022). Superar experiencias traumáticas: Una propuesta de intervención desde la terapia sistémica breve. Herder Editorial.
    • López Soler, C. (2008). Las reacciones postraumáticas en la infancia y adolescencia maltratada: el trauma complejo.
    • Pérez, I. M. C., López-Soler, C., Alcántara-López, M., Sáez, M. C., Fernández-Fernández, V., & Pérez, A. M. (2020). Consecuencias del maltrato crónico intrafamiliar en la infancia: trauma del desarrollo. Papeles del psicólogo, 41(3), 219-232.
    • Poseck, B. V., Baquero, B. C., & Jiménez, M. L. V. (2006). La experiencia traumática desde la psicología positiva: resiliencia y crecimiento postraumático. papeles del psicólogo, 27(1), 40-49.
    • Villalobos, L. C. (2012). Posibles deconstrucciones del trauma: una aproximación posmoderna. Sociedad y Equidad: Revista de Humanidades, Ciencias Sociales, Artes y Comunicaciones, (3), 172-194.

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    ¿El TDAH es la etiqueta del niño hiperactivo?

     
    El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) es conocido como uno de los diagnósticos infanto-juveniles más comunes. El llamado niño “inquieto”, “desordenado”, “porfiado” suelen ser los estereotipos para describir a los niños y niñas que presentan este trastorno. Sin embargo, ¿Es sólo cuestión de conducta? ¡Hola! En el Newsletter de hoy hablaremos acerca del TDAH, sus manifestaciones en las etapas del desarrollo, sus posibles causas, el diagnóstico oportuno y su tratamiento. Finalmente, se nombrarán algunas recomendaciones para apoyar a nuestros niños, niñas y adolescentes (NNA) y sus familias.

    ¡Empecemos!

    ¿Qué es el TDAH?

     
    El TDAH ha sido uno de los trastornos infanto-juvenil y del neurodesarrollo más reconocidos por profesionales de la salud, docentes y las familias, debido a que la conducta disruptiva, desatenta e inquieta de estos niños/as suele interferir en el desempeño escolar y en las interacciones familiares. Para identificarlo y poder generar el diagnóstico se deben comprender cuáles son sus principales síntomas. Los síntomas centrales son: 
    Inatención: El niño/a frecuentemente tiene dificultades o descuidos por falta de atención, dificultades para mantenerla en actividades o las olvida, también se le dificulta seguir instrucciones, organizarse y ordenarse, constantemente pierde objetos y se distrae fácilmente con estímulos del ambiente.

    Hiperactividad e Impulsividad: Es frecuente que el niño/a juguetee o golpee las manos, los pies o le cueste mantenerse quieto en su asiento, se levanta cuando se le indica que se mantenga sentado, salta o corretea en momentos inoportunos, parece ser impulsado por un “motor” impidiéndole quedarse tranquilo y quieto, habla mucho, responde compulsivamente, no respeta turnos y, por ende, es posible que interrumpa o se entrometa en asuntos o juegos de otros niños.
    La presentación de estos síntomas puede variar según el caso. Existe el subtipo combinado de los tres síntomas centrales del trastorno (Inatención, hiperactividad e impulsividad) como el diagnóstico más frecuente; el TDAH con predominancia inatenta, mayormente diagnosticada en niñas, y el TDAH con predominancia hiperactiva/impulsiva en niños. Se debe tener en cuenta que los síntomas varían según el ciclo vital de los NNA y también según el contexto.
    Por ejemplo, en edad preescolar, a eso de los 3 a 5 años, es común que nos encontremos con el estereotipo del niño hiperactivo e inquieto, que además pueden ser desafiantes y hacer pataletas. En edad escolar entre los 6 a 12 años, los síntomas se podrían intensificar debido a la presión del entorno, pudiendo aparecer síntomas de oposicionismo y agresividad. En la adolescencia suele disminuir la hiperactividad, pero no así la inatención y la impulsividad, presentándose mayor inquietud mental que de conducta. Dichas manifestaciones pueden poner en riesgo la adaptación de NNA, con la posibilidad de desarrollar una baja autoestima, una distorsión en el autoconcepto, ánimo decaído que pueden gatillarse por relaciones interpersonales disfuncionales. También es común que sean propensos al consumo de drogas o de ejercer la delincuencia, y si se asocia a trastorno del ánimo puede existir riesgo suicida.
    Es importante recalcar que, en variadas investigaciones, se ha demostrado que los niños con TDAH poseen un alto riesgo de desarrollar otros trastornos, como; trastornos afectivos, trastornos de ansiedad, el trastorno antisocial, trastornos por consumo de sustancias y trastornos de conducta. Por ende, es importante que diferenciemos el trastorno de otras patologías, para poder atender de manera oportuna a los niños, niñas y adolescentes y a sus familias.

     ¿Cuáles son las causas del TDAH?

     
    El TDAH se clasifica como un trastorno del neurodesarrollo y posee un origen multifactorial. Esto quiere decir que depende de factores genéticos y ambientales que lo gatillan. Hablamos que entre un 70% a 90% corresponde a un factor hereditario y el factor ambiente como modulador de la genética. Entre estos factores se encuentra el bajo peso al nacer, la disposición intrauterina a drogas, antecedentes psiquiátricos de los progenitores. Además, se consideran factores psicosociales de riesgo como la disfunción familiar, el conflicto de los padres o dificultades socioeconómicas.
    Cabe destacar que, gracias a estudios longitudinales, se ha descubierto que existen alteraciones en el tamaño de las estructuras anatómicas del cerebro de un niño con TDAH, que se explicaría por un retraso en el desarrollo de aproximadamente 2 años, pero que se contrarresta con los cambios neuronales de la adolescencia. Por ello, se habla de una alteración de las funciones ejecutivas en niños con TDAH, donde se ve disminuida la capacidad de planificar y organizar la conducta, la inhibición de la respuesta inmediata, la reflexión de las consecuencias de una acción, entre otras capacidades.
    Ante este panorama, podemos afirmar que ni el síntoma ni un factor hacen al diagnóstico. Para que el TDAH se desarrolle intervienen diferentes factores de distinta índole, los cuales deben ser considerados como un todo; donde se requiere de un trabajo colaborativo entre familias y profesionales.
     

    ¿Cómo se diagnostica el TDAH?

     
    Hasta ahora hemos conocido las manifestaciones del TDAH, sus posibles causas y lo que implica tener este diagnóstico. Entonces, ¿cómo puedo saber si es TDAH y no otro diagnóstico?
    Los pasos de guía son más sencillos de lo que parece, tenemos diferentes opciones:
    Fuentes de información: Necesitamos de diferentes informantes sobre el comportamiento del niño, como la observación que pueda hacer la familia en el hogar, los profesores mediante un registro de conducta en el colegio y la evaluación de diferentes profesionales.

    Cuestionarios de evaluación: Administrados de escalas de Conners para padres y profesores y cuestionarios de autoevaluación como el ADHD Rating Scale IV (ADHD RS IV).
    Derivación a profesionales: Es primordial solicitar una evaluación con neurólogo, ya que el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo. También es importante la revisión clínica del neuropsicólogo, en caso de sospecha de otras dificultades del desarrollo o de aprendizaje se requerirá evaluación de psiquiatra, realizar pruebas visuales y auditivas para descartar alguna causa biológica y/o realizar alguna evaluación sobre la inteligencia, si es necesario. También, el psicólogo clínico, el terapeuta ocupacional, los educadores diferenciales y psicopedagogos cumplen un rol fundamental.
     

    Posibles tratamientos ¿Con cuáles opciones contamos?

     
    El tratamiento de NNA debe ser personalizado y también integrando a la familia y a su entorno escolar, contemplando las manifestaciones del trastorno y sus efectos en la vida de niños, niñas y adolescentes. Es esencial que se trabaje desde diferentes aristas para que el tratamiento sea integral:
     
    Tratamiento farmacológico: El metilfenidato, recetado por psiquiatra o neurólogo, es el fármaco estimulante más reconocido por su efectividad en la disminución de los síntomas del TDAH. El tratamiento con metilfenidato es recomendado a partir de los 6 años en adelante y en presentaciones severas o moderadas para apoyar el tratamiento psicológico.
    Tratamiento psicológico: La terapia psicológica cognitivo-conductual se reconoce como la más efectiva en casos de TDAH, la cual requiere de la psicoeducación sobre el trastorno y la colaboración de los cuidadores y profesores en técnicas como la economía de fichas, el reforzamiento, la extinción de alguna conducta, y otras. En conjunto, se realiza un entrenamiento con niños sobre autoinstrucciones, autocontrol, resolución de problemas, entrenamiento en habilidades sociales y regulación emocional.

    Como se evidencia, tanto el diagnóstico como el tratamiento requiere del apoyo en red de profesionales y personas significativas de NNA.
    Por ende, es relevante que se fomente el compromiso y adherencia del tratamiento con las familias y los sujetos con TDAH.

    Pero ¿Cómo apoyamos a las familias?

     
    Debido a las dificultades y repercusiones que puede conllevar tener TDAH en la escuela como en el hogar, los NNA suelen necesitar más apoyo en la vida cotidiana para organizarse y para pulir sus capacidades, además de necesitar contención emocional de sus progenitores. Algunos consejos prácticos son:
    Realizar una rutina diaria: Contemplar los horarios de alimentación, rutinas de ejercicio semanal y determinar horarios de estudio acordes a la edad.

    Disciplina asertiva: Refuerzo negativo razonable y acorde a la edad, reforzar positivamente celebrando logros, corrigiendo errores en privado, practicar el perdón y evitar la sobrerreacción ante el mal comportamiento.

    Actividades para el vínculo: Tener instancias de juego, practicar la escucha activa, muestras de cariño, contener y permitir la expresión de emociones y necesidades de NNA.
    En algunos casos niños y adolescentes con TDAH sufren problemas conductuales y emocionales que requieren del apoyo de sus padres y de los profesionales y, al mismo tiempo, sus progenitores necesitan del apoyo psicológico para resolver situaciones conflictivas. Como menciona Chris Zeigler Dendy en su libro “Adolescentes con déficit de atención, TDAH y déficits en las funciones ejecutivas”:

    “la mayoría de los padres de estos preadolescentes y adolescentes se sienten aislados y reciben poco apoyo y comprensión de los demás. Cuando sus hijos tienen dificultades, los padres pueden experimentar mucha ansiedad y duda sobre sí mismos y sobre sus capacidades”.

    ¡No olvidemos que los niños están aprendiendo a APRENDER! ¡Y sus padres también están aprendiendo a ser padres!

    Por ende, olvidemos las etiquetas, promovamos un espacio empático de inclusión con los niños, niñas y/o adolescentes, con TDAH y sus familias.
    REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
     
    • Abad Mas, L., Arrighi, E., Fernández Maldonado, L., y Gandía Benetó, R. (2012). TDAH: origen y desarrollo. Instituto Tomás Pascual para la nutrición y la salud.
    • American Psychiatric Association. (2014). DSM-5: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Editorial medica panamericana.
    • Buiteelar, J. K. D. (2019). Entendiendo lo esencial en la neurobiología del tdah. En L. Rohde, J. Buitelaar, M. Gerlach y S. Faraone (Eds.). Federación Mundial de TDAH Guía. (pp.19-45).
    • Faraone et al., (2019). Conceptos esenciales de la etiología del tdah. En L. Rohde, J. Buitelaar, M. Gerlach y S. Faraone (Eds.). Federación Mundial de TDAH Guía. (pp.1-18).
    • Puddua G., Rothhammer P., Carrasco X., Aboitiz F., Rothhammer, F. (2017). Déficit atencional con hiperactividad: trastorno multicausal de la conducta, con heredabilidad y comorbilidad genética moderadas. Rev Med Chile, 145, 368-372.
    • Lozada, D. M. (2019). Tratamiento de trastorno por déficit atencional e hiperactividad en niños y adolescentes. medicina.uc.cl/wp-content/uploads/2020/05/Articulo-SDAT.pdf
    • Rohde et al. (2019). Evaluación del tdah a lo largo de la vida. En L. Rohde, J. Buitelaar, M. Gerlach y S. Faraone (Eds.). Federación Mundial de TDAH Guía. (pp.47-70).
    • Rusca-Jordán, F., y Cortez-Vergara, C. (2020). Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) en niños y adolescentes. Una revisión clínica. Rev Neuropsiquiatr , 83 (3), 148-156.
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    “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo.
    Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto,
    en el momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto,
    eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.
    Aristóteles, Ética a Nicómaco.

    Según algunos, los seres humanos habitamos un entorno inestable e intersubjetivo, donde los estímulos externos influyen de manera significativa en la forma que nos relacionamos, interactuamos y percibimos. De esta interacción surge la necesidad de adaptarnos y co-relacionarnos de la manera más efectiva posible con el fin de sobrevivir en este mundo subjetivo y lograr una adecuada evolución del ser humano y la sociedad. En respuesta a esta inquietud es posible ahondar en el mundo de las emociones. La cual, desde sus orígenes más básicos nos han permitido sobrevivir hasta los tiempos de hoy, ayudando a la adaptación individual, grupal y social de la vida humana. Dado esto, se podría generar la siguiente interrogante: ¿Será considerable el protagonismo del mundo emocional en la sociedad actual?

    Sí, según lo mencionado por Bericat (2012) es fundamental que en la sociedad se comience a visibilizar el mundo de las emociones, pues es gracias a estas que la vida puede experimentarse, de manera que sentimos y luego existimos.

    Para conocer mayormente sobre las emociones, se puede mencionar lo expuesto por Denzin, (2009) citado en Bericat. (2012), quien plantea la definición de las emociones de la siguiente manera:  

    “Una experiencia corporal viva, veraz, situada y transitoria que impregna el flujo de conciencia de una persona, que es percibida en el interior de y recorriendo el cuerpo, y que, durante el trascurso de su vivencia, sume a la persona y a sus acompañantes en una realidad nueva y transformada – la realidad de un mundo constituido por la experiencia emocional”. (pp. 1).

    Continuando con las definiciones al respecto, Goleman en 1995 señaló que:

    El término emoción se refiere a los sentimientos y a los pensamientos, los estados biológicos, los estados psicológicos y el tipo de tendencias a la acción que lo caracterizan. Existen centenares de emociones y muchísimas más mezclas, variaciones, mutaciones y matices diferentes entre todas ellas. En realidad, existen más sutilezas en la emoción que palabras para describirlas.

    En base a la definición anterior, se puede señalar que la forma en la que percibimos el entorno está directamente influenciada por las emociones, que estas podrían tener un impacto en la salud biológica y además influir en nuestras relaciones interpersonales de manera temporal; con lo cual, a lo largo del día y de nuestras vidas se puede experimentar un sinfín de emociones desencadenados por diferentes estímulos del entorno.

    A pesar de la complejidad existente para establecer una definición concreta acerca de las emociones como se plantea anteriormente, existe un mayor consenso y certeza sobre las funciones que el aspecto emocional juega en la vida de las personas y que se expone por Reeve (1994) mencionado en Montañés, (2005), quien señala la existencia de tres funciones principales y que se describe a continuación:

    Adaptativa:  Una de las funciones más importantes de las emociones es la de preparar al organismo para ejecutar una respuesta eficaz en base a las exigencias momentáneas del entorno, con lo cual se movilizan las energías para preparar una conducta determinada por el estímulo.

    Sociales: Como la función anterior tiene el objetivo de preparar una respuesta, la función social de las emociones permite a otros anticiparse a un comportamiento mediante la expresión emocional, lo cual tiene un valor fundamental en la interacción social.

    Motivacionales: La relación entre motivación y emoción es bastante estrecha, con lo cual una actividad “cargada” emocionalmente permite una ejecución más vigorosa, les otorga dirección a nuestras conductas acercándonos a aquello que nos gusta, mientras nos aleja de aquellas actividades que nos disgustan.

    En base a esto, se puede mencionar que las emociones no solo permiten otorgarle un sentido a la experiencia de la vida, sino que también mantienen nuestro estado de alerta, con lo cual se anticipan acciones de lucha o huida, además tienen importancia en el como se construyen relaciones sociales mediante las expresiones no verbales de estas y por último tienen un papel fundamental en la motivación sobre las actividades que se realizan, por ende podrían tener un rol fundamental en el tratamiento de algunos trastornos y adicciones.

    Debido a la importancia que cumplen estas funciones es que surge la necesidad de englobarlas en un concepto que explique de mejor manera como estas se interrelacionan e influyen en nuestra rutina diaria. Es por esto que, en el año 1990, Salovey & Mayer plantean el concepto de la inteligencia emocional, que se define como “Una habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las propias emociones y las de los demás, promoviendo un crecimiento emocional e intelectual. De esta manera se puede usar esta información para guiar nuestra forma de pensar y nuestro comportamiento” (pp, 1).

    Con esta definición, se comenzó a cimentar el camino para establecer la importancia de la experiencia subjetiva en el mundo, ampliando un concepto como “inteligencia” que siempre fue relacionado a las habilidades de adaptación, resolución y competencia (entendida esta como una forma de sentirse útil y capaz). De manera que el desarrollo de la inteligencia emocional como lo exponen Salovey & Mayer (1990) se relaciona con la capacidad de reconocer no solo las emociones propias, sino que también percibirlas en los otros y manejarlas de manera efectiva y positiva.

    Según Goleman (1995) existe una diferencia en como se manejan las emociones entre grupos de niños y niñas, de modo que las niñas tienden a crear grupos pequeños, en el que se paraliza el juego si una de las integrantes sufre un accidente y se pone la atención en ella, brindándole su apoyo. Mientras que los niños tienden a crear grupos más numerosos, en el cual se intenta al mismo tiempo fomentar la autonomía, de modo tal que en caso de sufrir algún impase se alejará del grupo, hasta que pueda volver al juego sin que esta actividad se paralice.

    En base a esto, plantea que el desarrollo de la inteligencia emocional podría ser más saludable entre las mujeres puesto que estas crean grupos en los cuales se promueve la expresión emocional abiertamente, mientras que los hombres podrían verse afectados de manera menos positiva debido a la búsqueda de autonomía e independencia de modo que se centran en aislarse, con una baja expresión emocional, lo que sin duda podría afectar la salud mental de este último grupo.

    Continuando con la idea anterior, Mestré, Guil & Brackett, (2008) plantean que las personas que conocen de cerca las expresiones emocionales detectan con mayor facilidad las expresiones y manifestaciones de la subjetividad ajena, con lo cual prestan mayor atención al mensaje emocional entregado mediante expresiones faciales, conductas, movimientos e incluso el tono de voz. Con lo cual, la comunicación resulta indispensable para lograr un desarrollo óptimo a nivel emocional, en base a los estilos comunicativos presentados durante la crianza por parte de los padres, que se distribuyen en los tres estilos de comunicación principales descritos por Pérez, León, & Coronado, (2017):

    Estilo Pasivo: Se caracteriza por ser un estilo de comunicación en el que se accede a todas las demandas de otro, presenta volumen de voz bajo, poco tiempo de habla y una distancia respecto a otra persona que lleva finalmente a la poca o nula defensa de los derechos propios.

    Estilo agresivo: Totalmente contrario al anterior, este estilo se caracteriza por enfocar las necesidades personales por sobre las demás, ocupa gestos, palabras y tonos de voz que resultan agresivos y frecuentemente faltan el respeto de otros en el ejercicio de defender sus ideas por sobre las ajenas.

    Estilo asertivo: En el límite de ambos estilos anteriores se encuentra este estilo de comunicación, que se basa en mantener claros límites entre las necesidades personales y las ajenas, se trata de un estilo en el que se entreguen herramientas y apoyo necesario para que el niño alcance sus objetivos en el futuro, pero también estableciendo obligaciones y expectativas reales no impuestas de manera arbitraria.

    De lo anteriormente señalado se desprende lo siguiente a modo de síntesis reflexiva:

    Un estilo de comunicación pasivo, en el que se accede a las demandas, entregándole toda la autoridad a los niños podría tener resultados adversos en cuanto a temas como la tolerancia a la frustración, por lo tanto, no es un estilo con el cual se desarrolle la inteligencia emocional de manera positiva, pues cabe la posibilidad de que no tenga límites definidos respecto a otro, con lo cual podría ser complejo que en un futuro identifique las emociones y necesidades de otro.

    Por otro lado, el estilo agresivo podría generar efectos negativos en cuanto a la confianza de expresarse. Por ende, un estilo asertivo en el que se manejen los límites y al mismo tiempo se promueva la confianza y autonomía podría tener tal vez mejores resultados en cuanto a la expresión e inteligencia emocional se refiere.

    Finalmente, cabe destacar que si bien es cierto la inteligencia emocional es algo que se desarrolla desde la infancia, en la cual los padres tienen un rol fundamental en lo que a comunicación, apoyo y generar confianza se refiere; no resulta definitivo en la vida como adulto, de ahí radica la necesidad de enfocar esfuerzos en temáticas que de cierta manera se han visto invisibilizadas en la sociedad como lo es la emocionalidad y la experiencia subjetiva de la vida, en un contexto marcado por la producción y la competitividad.

    Si bien es cierto que no existe una definición en concreto para el concepto de emociones, los autores coinciden en la importancia de las funciones que estas tienen en la vida cotidiana de las personas, con lo cual poner énfasis en esta temática permitiría generar un contexto social en el que se promueva la salud mental y de esa forma fomentar el bienestar personal.

    Es tarea fundamental de los psicólogos y trabajadores del área social promover este objetivo de modo que trabajos como el desarrollado tienen una gran importancia, pues gracias a esto se puede acercar el conocimiento teórico a la población que lo requiera, le interese y al mismo tiempo quiera profundizar en conocimientos para su propio crecimiento personal.

                                                                  Referencias bibliográficas

    • Bericat, E. (2012). Emociones. Sociopedia. isa, 1-13.
    • Goleman, D. (1995) Inteligencia emocional. Káiros. España.
    • Mestré, J. Guil, R. & Brackett, M. (2008). Inteligencia emocional: definición, evaluación y aplicaciones desde el modelo de habilidades de Mayer y Salovey. Motivación y emoción, 407-438.
    • Montañés, M. (2005). Psicología de la emoción: el proceso emocional. Universidad de Valencia, 3.
    • Pérez, A. León, N. & Coronado, E. (2017). Empatía, comunicación asertiva y seguimiento de normas. Un programa para desarrollar habilidades para la vida. Enseñanza e investigación en psicología, 22(1), 58-65.
    • Salovey, P. & Mayer, J. (1990). Inteligencia emocional. Imaginación, conocimiento y personalidad, 9(3), 185-211
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    “Las especies que sobreviven no son las más fuertes,
    ni las más rápidas, ni las más inteligentes;
    sino aquellas que se adaptan mejor al cambio”

    Charles Darwin

    Para algunas personas, los últimos años se han convertido en un desafío al cual enfrentarse desarrollando nuevas estrategias, reinventando la forma en la que se desenvolvían con anterioridad, buscando nuevas ideas y emprendimientos para enfrentar las diversas complejidades que ha traído consigo el contexto sanitario (Covid-19) y social tanto en Chile como en el mundo, que llevó incluso a que se hablara de una parálisis mundial, lo que sin duda influyó en la forma tradicional en la que se realizaba el proceso terapéutico por parte de los psicólogos/as.

    Sin embargo, desde la teoría sociohistórica de Lev Vigotsky mencionado en Baquero (1996) se podría plantear que la nueva realidad global, difícilmente llevaría a que el mundo se paralice, puesto que, según este autor, el desarrollo estaría organizado por el entorno social y cultural, de modo que le otorga un valor de aprendizaje a las crisis y eventos adversos, por ende, cabe cuestionarse ¿Cuál es el aporte que ha entregado el contexto actual a la psicoterapia?

    La respuesta a esta interrogante surge precisamente de aquellos desafíos provenientes de la pandemia, como por ejemplo el distanciamiento social, que establece la necesidad de guardar una distancia mínima entre personas para evitar así nuevos contagios, lo que hace compleja la atención de manera presencial en oficinas cerradas, con poca ventilación y al mismo tiempo con poco espacio, las cuales muchas veces son compartidas con más profesionales dificultando así el  resguardar los estándares establecidos de manera efectiva por el MINSAL (2020).

    Es por esto, que cobra relevancia una alternativa que durante la última década se ha estado desarrollando, el concepto de teleterapia o ciberterapia, se define según Hoyos (2020) como “una intervención entre uno o más pacientes y un terapeuta, a partir del uso de la tecnología como modalidad de comunicación”, mediante la cual se eliminan las barreras geográficas, fomentando la provisión de servicios de salud a distancia, mejorando la accesibilidad y al mismo tiempo ampliando la oferta de profesionales al servicio de la población según lo planteado por Quilis (2004).

    Lo anteriormente expuesto, cobra sentido cuando se consideran las largas listas de espera para acceder a la atención psicológica que muchas veces podría no dar una respuesta satisfactoria debido a la necesidad de brindar atención a muchos usuarios de manera rápida producto del impacto que podría tener en la salud mental de la población el contexto sanitario y social actual, además del costo económico que implica acceder a este tipo de servicios de manera particular mediante la atención privada que podría en cierta medida mantener la prevalencia existente respecto a problemas o dificultades relacionadas a la salud mental.

    Por otro lado, Marcías & Valero (2018) establecen que la prevalencia de problemas psicológicos a nivel europeo tienen un coste anual de aproximadamente 118 billones de Euros, mientras que en el caso de España, las cifras alcanzan cerca de 5.000 millones de Euros, con lo cual se han buscado nuevas estrategias para disminuir las listas de espera mediante el mejoramiento en la accesibilidad y eficacia de la psicoterapia mediante los canales digitales, que ofrecen una atención más rápida y eficaz a los problemas psicológicos que presenta la población.

    Respecto a la eficacia de procesos llevados a cabo mediante canales digitales, De la Torre & Cebrián (2018), señalan que ante problemas psicológicos tales como: depresión, ansiedad, TOC, trastorno de estrés post traumático, insomnio entre otros, la teleterapia aporta resultados favorables en cuanto a la eficacia de estos procesos llevados a cabo de manera digital, con lo cual señalan que la psicoterapia online y la psicoterapia tradicional tendrían niveles de eficacia similares aunque en algunos casos la teleterapia mostro mayores niveles de eficacia debido a la eliminación de ciertas barreras que se mencionaron anteriormente.

    A pesar de los beneficios que podría presentar la teleterapia, también es necesario abordar los requisitos necesarios tanto del psicólogo como del usuario para que sea posible realizar el proceso con resultados exitosos. Al respecto De la Torre & Cebrián (2018), señalan que es necesario que el psicólogo online sea competente en áreas como la comunicación, informática y nuevas tecnologías para dar respuesta eficaz a aquellos factores adversos que pudieran surgir de la atención mediante canales digitales como caídas de internet, problemas de audio entre otras. Mientras que se debe resguardar que los usuarios presenten un adecuado uso de las tecnologías utilizadas para llevar a cabo el proceso o tengan el apoyo necesario para hacerlo, si cuenta con el espacio y herramientas necesarias para conectarse de manera segura con el respectivo resguardo de datos, de privacidad y confidencialidad.

    Finalmente es necesario señalar aquellos nuevos desafíos que plantea la tele atención, puesto que, al ser una herramienta nueva, aún no es posible encontrar muchos estudios determinantes a la hora de evaluar la eficacia real frente a la psicoterapia tradicional, sin embargo, es posible encontrar autores que señalan los beneficios que tiene el realizar atención mediante los canales digitales.

    Otro factor a considerar sin duda podría ser el de las atenciones multidisciplinarias, y que aún es un terreno sin explorar, pero sin embargo podría verse incluido en esta nueva forma de realizar atenciones a los usuarios. Las nuevas tecnologías encaminan a los profesionales a hacer uso de estas, de modo que en el futuro sería necesario que este ámbito sea considerado desde la academia para de esta forma contar con profesionales ya instruidos y capacitados en esta área. 

                                                                     Referencias bibliográficas

    • Baquero, R. (1996). Vigotsky y el aprendizaje escolar (Vol. 4). Buenos Aires: Aique.
    • De la Torre, M. & Cebrián, R. (2018). Guía para la intervención telepsicológica. Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.
    • Hoyos, K. (2020). Intervenciones en salud mental apoyadas en tecnologías: la telepsicología. Sugerencias para la formación y el desempeño profesional responsable, 43.
    • Marcías, J, & Valero, L. (2018). La psicoterapia on-line ante los retos y peligros de la intervención psicológica a distancia. Apuntes de Psicología, 36 (1-2), 107-113.
    • MINSAL. (2020). Recomendaciones de actuación en los lugares de trabajo en el contexto COVID-19. Plan de acción Coronavirus. Santiago, Chile.
    • Quilis, J. (2004). Teleterapia virtual: un nuevo paradigma de telemedicina para el tratamiento de trastornos psicológicos (Doctoral dissertation, Universitat Politècnica de València).

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