Consumo de Sustancias «¿Qué es, qué nos implica y cómo se sostiene?»

¿Qué es la adicción?

El consumo de sustancias es un fenómeno que ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, contando con múltiples factores que explican su impacto en la persona que consume. Como se observará en el desarrollo de esta newsletter, para comprender cómo se generan, mantienen y agravan las adicciones es necesario entender los factores individuales de la persona, el tipo de sustancias y sus características, así como el ambiente familiar y social en el cual sucede esta interacción.

Como comentan Cruz Martín del Campo et al. (2019), usualmente el consumo de sustancias comienza con lo que se denomina consumo experimental, ya sea por curiosidad o presión grupal. Si bien este consumo puede ser esporádico, no está exento de peligros, siendo uno de estos el aumento progresivo de la cantidad y frecuencia de ingesta, llegando a pasar de un consumo experimental a uno ocasional y, posteriormente, a un consumo frecuente. Al cronificarse e intensificarse este patrón, puede llegar a transformarse en lo que se conoce como consumo problemático, el cual implica que la persona utiliza la sustancia pese a los problemas que conlleva en su salud, relaciones, responsabilidades, etc.

Al hacerse constante el uso de la sustancia, así como la intoxicación y los efectos que genera en el organismo, surgen cambios psicológicos, cognitivos y fisiológicos, como lo son la tolerancia, entendida como la necesidad progresiva de aumentar la dosis de la sustancia para conseguir los mismos efectos que en un inicio. Así también, comienza a desarrollarse el síndrome de dependencia o adicción, caracterizado por la dificultad de la persona para controlar el consumo, dándole la principal prioridad en su vida, un deseo intenso de consumir la sustancia (craving), y la justificación y minimización de las consecuencias de la droga por parte de quien consume (Cruz Martín del Campo et al., 2019).

Según Casillas (2024), existen dos tipos de dependencias que pueden llegar a coexistir: la dependencia física y la psicológica. La primera implica una necesidad fisiológica de consumir la sustancia, acompañada del craving y de posibles síntomas de abstinencia, como irritabilidad, mareos, insomnio, temblores, entre otros, los cuales aparecen debido a la reducción parcial o total de la ingesta de la droga, variando en gravedad según la intensidad y cronicidad del consumo. Por otro lado, la dependencia psicológica implica una búsqueda del consumo para alcanzar o mantener los niveles de seguridad, confianza, autoestima u otros efectos psicológicos que se veían favorecidos momentáneamente por el consumo.

Por lo mencionado anteriormente, se comprende que el uso y abuso de drogas, ya sean legales o ilegales, tienen consecuencias graves en la vida de una persona y su funcionalidad, sobre todo en niños, niñas y adolescentes, quienes aún se encuentran en etapas de desarrollo. Por lo tanto, es necesario mencionar otras consecuencias relevantes que pueden aparecer bajo el contexto de consumo o adicción.

Cognitivas: Entre los procesos cognitivos que se pueden ver comprometidos se encuentran las funciones ejecutivas, como la capacidad de atención, la toma de decisiones, la memoria de trabajo, la inhibición de respuestas y el control de impulsos. Asimismo, se ve perjudicada la capacidad de comprender las acciones y conductas propias y ajenas (Ramey y Regier, 2019).

Emocionales: Existe una estrecha relación entre el consumo de sustancias y los trastornos o dificultades emocionales, en donde la adicción puede ser tanto un factor de riesgo para el desarrollo de estos problemas como una consecuencia de ellos. A mayor consumo, se observan mayores probabilidades de presentar depresión, ansiedad, irritabilidad, ideación suicida, entre otros (Contreras et al., 2020).

Sociales: El consumo de sustancias tiene consecuencias tanto para el consumidor como para sus cercanos y terceros. Entre las situaciones que se pueden presentar se observa un empobrecimiento de las relaciones, aislamiento, incursión en conductas de riesgo y delictivas, así también representa un costo para la economía personal, familiar y pública (Cueva, 2012).

Es así que, los cambios neurofisiológicos causados por el consumo hacen que sea considerada una patología grave y además crónica, ya que las consecuencias como la dependencia, craving o tolerancia facilitan que la problemática se mantenga así misma durante el tiempo. Además, a pesar de estar en abstinencia total, estos cambios generados podrían favorecer que la persona recaiga en la conducta adictiva si retoma contacto con la sustancia o el contexto que lo propiciaba.

Por lo tanto, es importante mencionar que, en un proceso de rehabilitación, pueden surgir recaídas, las cuales de forma estadística, pueden llegar a ser esperables. Dentro del fenómeno de la recaída pueden distinguirse los siguientes conceptos.

Recaída: Implica la interrupción de la abstinencia a través del uso de la sustancia.

Recaída en seco: Conlleva que la persona, familia o redes vuelvan a retomar formas de comportamiento o vinculación similares a cuando estaba en consumo sin llegar a usar la sustancia. Por ejemplo, falta de autocuidado, retomar contacto con pares de consumo, entre otros. Frecuentemente, la recaída en seco suele ser la antesala a una recaída utilizando la droga.

Recidiva: Puede llegar a aparecer tras una recaída, caracterizándose por una reconsolidación de las creencias y actitudes positivas acerca del consumo. Siendo un escenario en que la persona se encuentra con conductas similares a las de antes de la intervención.

Como se mencionó anteriormente, aunque el consumo de sustancias es una patología que puede llegar a sostenerse por los mismos cambios que genera. Pueden llegar a existir distintos fenómenos individuales, sociales y contextuales que facilitan su aparición, mantención y gravedad. Los cuales pueden, metafóricamente, llegar a funcionar como una malla que sostiene la problemática del consumo.

Adicción y emociones, analgesia emocional y evitación experiencial

Las emociones, como refiere Cervantes (2024), juegan un rol sumamente relevante en la conducta adictiva, tanto en su adquisición como en su mantención. Por ejemplo, desde etapas tempranas del consumo, las sustancias pueden favorecer la exacerbación de estados emocionales placenteros y eufóricos o, por el contrario, pueden funcionar como una vía de evitación y distracción de emociones o pensamientos displacenteros. De esta manera, la obtención de mayor placer o la reducción del malestar comienza a actuar como una recompensa o refuerzo asociado al hecho de consumir, lo cual fortalece progresivamente las conexiones entre ambos tras cada repetición. Una de las consecuencias de esto es la alteración en el tono hedónico, lo que implica, a grandes rasgos, que el cuerpo comienza a ajustar sus parámetros normales de funcionamiento emocional, provocando que actividades individuales o sociales que antes eran placenteras ya no sean experimentadas con la misma intensidad, generando apatía, desmotivación y un abuso de la sustancia para alcanzar los “nuevos niveles de bienestar”.

Otro cambio fisiológico relevante, que genera un gran peso emocional en la adicción, es el craving, entendido como la sensación de urgencia por consumir o llevar a cabo la conducta adictiva, así como los síntomas o signos asociados a la abstinencia. Ante estas situaciones, que implican altos niveles de estrés y malestar, la conducta adictiva se transforma en un medio no solo para reducir el malestar “externo”, sino también para evitar el malestar interno derivado de las consecuencias neurofisiológicas y de la dependencia presente.

A partir de lo anterior, puede observarse cómo la conducta adictiva muchas veces cumple una función de analgesia emocional, interactuando directamente con las emociones.

Una problemática frecuente que se ve fortalecida por el constante escape del malestar es la “evitación experiencial”, entendido como la disminución en la capacidad de afrontamiento de la persona frente a obstáculos o situaciones estresantes, así como una menor tolerancia a la frustración, evitando constantemente situaciones que generan un malestar inmediato. Esto se ve favorecido porque la conducta adictiva pasa a ser la principal estrategia de regulación emocional, siendo reforzada constantemente por el bienestar instantáneo que proporciona. Lo anterior se traduce en mayores niveles de ansiedad, síntomas depresivos, menor autoestima y autoconfianza, entre otros.

Adicción y narrativas dominantes

En relación a los planteamientos de White y Epston (1993), las consecuencias generadas por la adicción, al mantenerse crónicamente en el tiempo, dan lugar a lo que denominan narrativas dominantes, las cuales hacen referencia a las formas predominantes en que la persona se narra a sí misma y a su realidad. En este tipo de contextos, dichas narrativas se ven saturadas de contenidos e información vinculados a la adicción y sus consecuencias negativas, invisibilizando los recursos, fortalezas y aquellas situaciones en que la persona ha logrado actuar de manera coherente con sus valores. Funcionando metafóricamente como unos lentes que solo le permiten a la persona verse y entenderse así misma desde esta realidad negativa. Un ejemplo de esto, es cuando la persona piensa “soy un adicto”, “soy solo un fracaso”, “solo se causar problemas a mis cercanos”, etc.

Estas narrativas o creencias dominantes favorecen la mantención de la problemática adictiva, ya sea generando o intensificando consecuencias emocionales, como la culpa, vergüenza, ansiedad y, cognitivamente, aumentando aspectos como las autoexigencias; disminuyendo así la capacidad de afrontar las adversidades.

En este contexto, se va configurando una identidad que resulta perjudicial para la persona. A su vez, estas narrativas también se ven influidas por factores sociales, como los prejuicios y creencias en torno al consumo, lo que puede favorecer el aislamiento y el ocultamiento de la problemática. En este sentido pueden aparecer prejuicios como “no deja el consumo porque es débil”, “le falta fuerza de voluntad”, “él o ella siempre ha sido así”; siendo creencias que olvidan el papel que juegan los componentes y cambios biológicos y sociales que mantienen la adicción. Desde las terapias contextuales, otra mirada asociada al consumo es el concepto de inflexibilidad cognitiva, el cual hace referencia a la baja capacidad de la persona para modificar la forma en que se relaciona con sus conductas y creencias. Por ejemplo, una baja aceptación del malestar y de las experiencias que vive se asocia con una mayor evitación experiencial (Luciano et al., 2010).

Influencia familiar y cultural

Si bien, el consumo cumple una función en disminuir el malestar momentáneo de la persona, la influencia de que esto suceda con mayor probabilidad puede venir no solo desde el área individual. Como menciona Dois (2006), sistemas más amplios cómo la familia, la sociedad y su cultura juegan un papel clave en la aparición y mantención de estos problemas. Desde la familia, tanto su estructura, las formas de comunicarse y solucionar problemas, eventos vitales que están viviendo o las creencias, ritos y cultura propia que posean pueden actuar como factores protectores o de riesgo para la conducta adictiva de alguno o algunos de los miembros.

Por ejemplo, familias en donde los conflictos se niegan y evitan, se minimizan las emociones o las discusiones solo escalan, pueden facilitar que la persona busque disminuir el malestar mediante el consumo. Así también, algunos roles dentro de la familia pueden impactar negativamente, por ejemplo, hijos que adoptan las responsabilidades y deberes de los padres o personas que deben tomar el cuidado de uno o más familiares por enfermedad o necesidad, entre otras posibles situaciones.

Además, las familias están en constante cambio y adaptación a eventos vitales esperados como la llegada de un hijo, la incorporación a la vida universitaria o laboral de algún miembro, entre otros. De la misma forma, pueden ocurrir eventos no esperados o no normativos, como enfermedades, accidentes, separaciones, desempleo, etc. Los cuales pueden generar un alto nivel de estrés por la necesidad de movilizar recursos que, según las dinámicas y contexto familiar, pueden ser mejor o peor ocupadas para adaptarse y abordar los obstáculos. Sumado a esto, tanto a nivel social, familiar o laboral, pueden existir distintas culturas o creencias acerca del consumo o comportamiento adictivo que pueden facilitar el acceso a estas conductas. Lo que podría observarse desde grupos de pares en donde el consumo es bien visto y valorado, en juntas familiares donde la ingesta de alcohol es abundante y frecuente, o en reuniones sociales o contextos laborales donde el consumo de cocaína o marihuana no es problematizado y, al contrario, fomentado por la presión social. Es importante reconocer que la aparición de la recaída y recidiva no solo involucra a la persona que consume, sino también puede verse influenciado por sus cercanos, familia y/o redes. Por ejemplo, familias que retoman formas de convivir conflictivas tras intervenciones previas, cercanos que vuelven a incitar al consumo, entre otros posibles escenarios.

Qué hacer si lo notamos en nosotros o en otros

Como se comentó anteriormente el consumo es una problemática que no solo implica al individuo, sino también a sus familias, pares y la sociedad en general. De esta manera, es relevante poder facilitar apoyo a personas que puedan estar transitando por esta problemática, ya sea intentando escuchar y comprender, dejando de lado los estigmas y enjuiciamientos, así como también favorecer el ingreso a servicios o programas de apoyo e intervención públicos o privados. Aun así, en algunos casos el apoyo en estos contextos puede llegar a ser complejo debido al nivel de reconocimiento y conciencia del problema que posea la persona y, junto a esto, la etapa del cambio en la cual se encuentre. En relación a esto, Prochaska y DiClemente (como se cita en Weller, 2013) nos mencionan que, ante la adicción, la persona puede mostrarse pre contemplativa o contemplativa, lo cual implica una nula o reducida conciencia de la existencia de la problemática y/o sus consecuencias. Por lo que, en estas circunstancias abrir espacios de conversación empáticos puede ser un gran apoyo y comienzo para que la persona pueda reflexionar acerca de su situación.

Existen distintas vías de apoyo hacia personas con problemas de consumo problemático o trastorno por consumo de sustancias. Como menciona Casillas (2024), los distintos tipos de intervenciones existentes buscan ayudar a la persona a que pueda rehabilitarse, lo cual, como puede llegar a deducirse de los apartados anteriores, no solo implica Qué hacer si lo notamos en nosotros o en otros Vías de intervención desde la psicología En el caso de comenzar a notar un problema de adicción o consumo problemático en uno mismo, es importante poder buscar y activar redes de apoyo que permitan recibir ayuda, ya sean cercanos, amigos, familiares, centros de salud, profesionales en el áream entre otros

Vías de intervención desde la psicología

Existen distintas vías de apoyo hacia personas con problemas de consumo problemático o trastorno por consumo de sustancias. Como menciona Casillas (2024), los distintos tipos de intervenciones existentes buscan ayudar a la persona a que pueda rehabilitarse, lo cual, como puede llegar a deducirse de los apartados anteriores, no solo implica una reducción o abstinencia total de la sustancia o conducta adictiva, sino también el abordaje de problemáticas relacionales y psicológicas, así como la reinserción social; siendo un ejemplo de este último punto el fortalecimiento de habilidades o acceso a instancias que faciliten su integración a la comunidad y/o trabajos.

Es importante destacar que no existe un tratamiento universal para cada adicción, por lo cual la planificación y articulación de los distintos servicios interdisciplinarios deben tomar en cuenta aspectos cómo la edad, género, tipo de sustancia o conducta, cantidad y frecuencia y posibles trastornos, enfermedades y situaciones de riesgo que puedan coexistir. De esta manera, puede llegar a ser necesario un trabajo tanto de psicoterapeutas, psiquiatras, enfermeros, entre otros. Lo anterior para lograr un abordaje integral y eficaz, abarcando posibles situaciones de riesgo que pueden aparecer a lo largo del proceso. Un ejemplo de esto es que, en trastornos por consumo de alcohol, dependiendo de la gravedad y cronicidad, una abstinencia repentina de la sustancia sin apoyo médico podría tener efectos letales. Algunos tipos de intervención son:

Farmacológico: El tratamiento farmacológico se enfoca en abordar la adicción como una enfermedad crónica, priorizando la prevención de recaídas mediante el control del craving y el manejo del síndrome de abstinencia con fármacos. Así también, el abordaje farmacológico de posibles problemáticas o trastornos mentales coexistentes.

Psicoterapia: El abordaje psicoterapéutico puede ser entregado en modalidades individuales, grupales, familiares y/o de pareja, reconociendo la adicción como un fenómeno relacional y no solo individual. Estas intervenciones buscan modificar las pautas de interacción y comunicación, así como fortalecer la red de apoyo, mejorar la funcionalidad psíquica, la forma de vincularse con las propias conductas y prevenir recaídas.


REFERENCIAS:

• Casillas, E. C. (2024). Terapias, psicoterapias y adicciones. Una mirada interdisciplinar. En E. N. Gómez Gómez, D. M. Valencia Vega y F. de la Paz Avila (Coords.), De emociones, agencia y adicciones. Entre la destrucción y la esperanza: Aportes y reflexiones desde un estado del arte (pp. 147–170). ITESO.

• Cervantes, S. (2024). Las emociones y la adicción. Una trama en la vida. En E. N. Gómez Gómez, D. M. Valencia Vega y F. de la Paz Avila (Coords.), De emociones, agencia y adicciones. Entre la destrucción y la esperanza: Aportes y reflexiones desde un estado del arte (pp. 1–32). ITESO.

• Contreras Olive, Y., Miranda Gómez, O., & Torres Lio-Coo, V. (2020). Ansiedad y depresión en pacientes adictos a sustancias psicoactivas. Revista Cubana de Medicina Militar, 49(1),71–85.http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0138-65572020000100006

• Cueva, G. (2012). Violencia y adicciones: problemas de salud pública. Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública, 29, 99-103.

• Cruz Martín del Campo, S., León Parra, B. y Angulo Rosas, E. A. (2019). Lo que hay que saber sobre drogas (2.a ed.). Centros de Integración Juvenil.

• Dois, A. (2006). Familia y adicciones: Una mirada sistémica. Horizonte de Enfermería, 17(2), 39-44.

• Luciano, C., Páez-Blarrina, M., & Valdivia-Salas, S. (2010). La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) en el consumo de sustancias como estrategia de Evitación Experiencial. International Journal of Clinical and Health Psychology, 10(1), 141-165. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=33712017009.

• Ramey, T., & Regier, P. S. (2019). Cognitive impairment in substance use disorders. CNS Spectrums, 24(1), 102–113. https://doi.org/10.1017/S1092852918001426

• Weller, G. (2013). La motivación para el cambio en el tratamiento de adicciones [Trabajo Final de Integración inédito]. Universidad de Palermo.

• White, M. y Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Paidós.

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